La Turquía del Sí

Editorial
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El resultado del referendo turco acomoda las instituciones a la medida de una persona y desequilibra en favor de la misma los poderes del Estado.

Las constituciones deberían ser el resultado de pactos nacionales muy amplios e incluyentes. La generalidad y la independencia de su contenido tendrían que hacer imposible que se atribuyan dueños a las instituciones que de ellas se deriven. Lo más deseable sería que fuesen concebidas en la perspectiva de una perdurabilidad respetable, por encima de consideraciones de coyuntura que conduzcan a la mala costumbre de hacerles a cada rato modificaciones, según el giro de los acontecimientos y el interés y la capacidad de maniobra que tenga una u otra fuerza política.

Lo anterior no significa que las constituciones no se puedan cambiar, sino que las modificaciones constitucionales se deberían hacer sobre la base de premisas similares a las de su origen. De manera que, si se cumplen, cada nación entre a conciencia, y con apoyo genuino de las mayorías, en nuevas etapas de su desarrollo político.

La victoria de Recep Tayyip Erdogán en el referendo turco del domingo no es ninguna sorpresa. ¿Cómo iba a perder un presidente que hace unos meses conjuró un golpe de estado y después destituyó jueces, funcionarios y académicos, hasta completar cerca de cien mil personas, les hizo una poda sustancial a las fuerzas armadas y metió a la cárcel a unos cuántos periodistas, que lanza regalos a la multitud en las manifestaciones y habla el lenguaje que quieren oír los sectores populares? Su triunfo, además, estaba asegurado después de una campaña permanente, hábilmente conducida a lo largo de una carrera política exitosa, primero como alcalde de Estambul, después como Primer Ministro, Jefe del Gobierno Nacional, y finalmente como presidente de la República, que aún bajo la modalidad actual le da toda la visibilidad posible al interior del país y en el escenario internacional. Los reclamos de nuevo conteo de votos apenas lograrán amargar un poco la celebración, pero mal se puede esperar que, bajo las circunstancias, resulten en unos días con la noticia de que el resultado fue diferente.

A diferencia de otros gobernantes que, desde el poder, han decidido someter al veredicto popular la toma de decisiones trascendentales, para darse cuenta de su debilidad al ser derrotados, y tener que renunciar en virtud de elemental lógica política, Erdogán sale fortalecido de esta prueba y tiene en sus manos la posibilidad de echar a andar una institucionalidad que modifica de manera importante la arquitectura original de la República Turca.

A juzgar por los resultados, los partidarios del presidente resultaron convencidos por el argumento de que, con el fortalecimiento de la figura presidencial, están dando un paso decisivo hacia un Estado más moderno y funcional. La idea, que admite toda discusión respecto de las bondades de uno y otro sistema desde el punto de vista del desarrollo democrático, no resulta en todo caso tan clara, si se observa hasta dónde irán ahora los poderes del presidente. Y es aquí donde surgen los temores de los oponentes al avance arrollador de una figura política que desea acaparar la mayor cantidad posible de factores de poder. Cuando el esquema sea confirmado, los nuevos poderes que tenga el presidente para nombrar a voluntad vicepresidentes, mantener su condición de jefe activo de su partido, expedir decretos con fuerza de ley, designar un gabinete que escapa al control del legislativo, escoger magistrados y disolver el Parlamento, institucionalizarán un súper presidencialismo que desequilibra el sistema en favor del ejecutivo, y de quien lo ejerza.

Salvo que, en las elecciones de 2019, primeras bajo el nuevo esquema, se diera el milagro de un resultado adverso, Erdogán tendría la opción, y la intención, de quedarse en el poder hasta finales de la próxima década. Razón por la cual unas profesoras turcas de visita en el exterior pronostican la aceleración del fermento religioso que conlleva el movimiento político del presidente, y auguran malos ratos para los kurdos, los periodistas, los homosexuales, los izquierdistas y también para no pocos europeos, a quienes desde Turquía se acusa de ser nietos de los nazis, y que están bajo la amenaza de que se abra otra vez la llave de los inmigrantes que provienen de una amplia gama de países orientales, para que en Europa se ocupen de ellos.

En un acto de sinceridad encomiable, las mismas profesoras, que estarían resignadas a usar chador a la vuelta de unos años, explican además cuál es la Turquía del Sí, que pasó por encima de los argumentos de ese país liberal y sofisticado que no alcanzó a llegar a ser miembro de la Unión Europea, a pesar de sus deseos. Reconocen que es la Turquía que ha llegado a las urnas impulsadas por un conservatismo de fuerte contenido religioso, olvidada por décadas por los líderes de un país que deseaba acelerar, por encima de ella, la marcha hacia la laicidad y la afiliación a los valores occidentales. La de ciudadanos que a lo largo de un siglo se vieron tratados como de segunda, que habitan en las barriadas y las aldeas, que encontraron ahora en Erdogan un representante y un libertador, y que han demostrado ser mayoría.


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