Elecciones y política social

Editorial
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La situación económica y social en Venezuela, donde este domingo se celebran elecciones regionales, ha llegado a un límite marcado con claros tintes autoritarios y despóticos. Las libertades en ese país, con el apoyo de la inteligencia cubana, hace tiempo que fueron mutiladas por el régimen chavista liderado por el Presidente Maduro.


El empobrecimiento de la población, que sufre un constante deterioro de su poder adquisitivo, y la ineficacia del aparato productivo gestionado por el círculo de relaciones cercanas al Gobierno, han conducido al país a una profunda recesión que, además, es incomparable con la sufrida por otros países de la región: desde el año 2013, el PIB ha registrado una caída del 35%.

Una recesión que tampoco se puede mitigar con la exportación de petróleo porque ni siquiera Pdvsa, la empresa estatal productora de petróleo, se ha librado de la caótica gestión pública por lo que sus niveles de producción están cayendo en picado (desde el año 2015, la producción de petróleo se ha reducido en 400.000 barriles por día, lo que representa una caída cercana al 20% de acuerdo con la Agencia Internacional de la Energía).

Un país en caos sobre el que no se vislumbra una solución razonable a corto y medio plazo, ni siquiera con la mediación de líderes internacionales. Un país en el que cada actor está intentando aumentar el coste político para el adversario si le toca batirse en retirada. Un país, en definitiva, que ha tenido la mala suerte de no estar en el radar de Estados Unidos.

Por otro lado, Venezuela comienza a tener dificultades para cumplir los acuerdos de cooperación firmados a inicios del año 2000 entre Chávez y Castro: no solo la cantidad de barriles diarios a precios preferenciales que Cuba recibe puede estar cayendo un 13% en 2007, sino que la cantidad de petróleo venezolano que Cuba recibe ha venido reduciéndose paulatinamente: desde los 90.000 barriles diarios en 2008 a los 45.000 que acabará recibiendo este año.

Esta situación pone en graves aprietos al Gobierno de La Habana pues este descenso ya ha provocado el racionamiento de combustible y electricidad en Cuba, cuya economía depende en gran medida de Venezuela. Por ello, aunque el apoyo entre ambos países es ideológico e incondicional, esta situación podría abrir una ventana de oportunidad en busca de una solución. En cualquier caso, aunque la presión internacional limitara la continuidad de Maduro y de su Gobierno, el nuevo régimen se enfrentará a la obligación de comenzar a corregir fuertes desequilibrios macroeconómicos, lo que, a su vez, propiciará profundos costes económicos y sociales en el país.

Si no se facilita una solución razonable, tanto los países vecinos a Venezuela como el propio México e incluso Estados Unidos, deberían prepararse para afrontar un éxodo masivo de venezolanos debido a un escenario marcado por la escasez de bienes y servicios básicos, reducción de libertades y aumento de la violencia.


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