8 Señales del norte

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Escrito por:

Jose Lafaurie Rivera

Jose Lafaurie Rivera

Columnista Invitado

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La política exterior de Estados Unidos ha dado un viraje de 180 grados. Es una realidad que afecta a los mismos Estados Unidos, al mundo entero y, por supuesto, a Latinoamérica.


Aunque Trump ha morigerado posiciones frente a temas como la ONU y la Otan, sus decisiones de política exterior están lejos del tono moderado que algunos esperaban una vez se sentara en la Oficina Oval. No es gratuita la designación de verdaderos halcones en los principales enclaves de la seguridad, comenzando por el General James ‘Perro Loco’ Mattis como Secretario. No es casual la decisión de atacar una instalación militar del gobierno sirio, rompiendo de tajo la frágil posición diplomática frente al dictador Al Assad, y enfrentando sin aspavientos a la gran Rusia de Puttin.

Días después, Trump desvía un poderoso portaaviones con su flotilla hacia costas coreanas y le advierte al dictador Kim que no permitirá armas nucleares que afecten la seguridad de Estados Unidos; mientras usa la política comercial para presionar –¿chantajear?– abiertamente el apoyo de China y ordena lanzar la más grande bomba no nuclear –MOAB–, un monstruo con más de ocho toneladas de explosivos para arrasar cuevas y túneles de ISIS en Afganistán.

No hay duda; Trump resucitó la Doctrina Monroe –“América para los americanos”– y el posterior Corolario Roosevelt –1904– que la reinterpretó como la política del Gran Garrote: “Habla suavemente y lleva un gran garrote, así llegarás lejos”, consigna muy similar –y no es casualidad– a una de las frases que ha hecho famoso al Secretario de Seguridad Mattis: “Sé educado, sé profesional, pero ten un plan para matar a todo aquel con quien te encuentres”.

Pero más allá de la natural preocupación por la paz del mundo, ¿cómo nos afecta este viraje? Me remito a otra casualidad histórica. La enmienda del Gran Garrote surgió a raíz del bloqueo naval de las potencias europeas a Venezuela entre 1902 y 1903, bajo la premisa de que todo aquello que sucediera en un país latinoamericano y afectara los intereses de Estados Unidos justificaría la intervención.

En su mensaje al Congreso, en diciembre de 1904, Roosevelt manifestó sin ambages que “Un mal crónico, o una impotencia que resulta en el deterioro general de los lazos de una sociedad civilizada, (...), puede forzar a Estados Unidos, aun sea renuentemente, al ejercicio del poder de policía internacional en casos flagrantes de tal mal crónico o impotencia”. Más de un siglo después, Trump ha demostrado que no tiene problema en volver a ser ese “gendarme universal”; que no tendrá miramientos con dictadores que amenacen la seguridad de su país, ni complacencia con regímenes de inspiración comunista como el Socialismo Bolivariano del siglo XXI, ni con países en estado flagrante de “mal crónico o impotencia”.

Es inevitable mirar hacia Venezuela, una dictadura de facto bajo la inspiración de los hermanos Castro; aliada de los más radicales enemigos de Estados Unidos, con Irán a la cabeza. Un país donde se han conculcado libertades y violado todos los derechos; un país rico, aun con bajos precios de petróleo, pero azotado por la hambruna y la falta de medicinas.

Venezuela, más que una dictadura es un narcoestado, que remienda la economía petrolera con el tráfico de drogas que le llegan desde Colombia, en cantidades que se multiplicaron por las exigencias de las Farc y la indolencia del Gobierno Santos.

Las señales del norte no son un juego. Más allá de sus bravuconadas, Maduro debería entenderlo, para bien de sus compatriotas y de la estabilidad latinoamericana, antes de que las soluciones le lleguen de afuera.


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