Cemento

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

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Es cosa más o menos sabida por el grueso de quienes dedican sus días a escribir ficción que el todo de una historia novelada, de las que requieren tiempo para ser escritas, además de paciencia y cierta esquizofrenia para vivir en ella, para padecerla si es del caso, viene a ser la sumatoria afortunada, la conjunción, diríamos, de varios elementos invisibles, aunque bien presentes, ahí, de la misma forma en que se impone la verdad ante la mentira.

No es menos sabido, por otra parte, que dicho conjunto organizado de variables narrativas, que pretenden el brutal imposible de permitir volver a relatar, con las partes que convienen a su creador, la historia real de la vida, en lugar de una que intenta dejar de ser falsa, para sustituir a aquella por esta, quizás, y de esa forma matar el tiempo del reloj de pulsera por uno suspendido en el aire de la memoria del lector universal, es, tal organización de ideas, un intento por hacer latir algo cuya manufactura no se note nunca, y solo exista, y no que solamente aparente existir. 

De un lado, el fondo del ser vivo: el ingrediente emocional que permite dar sentido -algo muy parecido a la satisfacción- a lo que parece no tenerlo por ninguna parte: el contenido puro, sin envase, de lo que se quiere contar porque se ha visto estando en soledad y no queda más que liberarse de tanto peso. Son las muchas historias nacidas de, o que hacen nacer, a una historia grande: las pequeñas anécdotas que dan color a los personajes, dentro de una pintura con tantos matices como sea posible hacer caber dentro del marco que la contiene, siempre que ello no se note. Y sin romper el ritmo respiratorio del maridaje de letras y signos de puntuación, contemplando desde la primera butaca del público imaginario la humareda de un truco de magia del que no se sabe nada, si es real o no. 

En la contraparte, la forma, la manera, la parte digamos mental de aquello que ya existe, pero que es inasible, etéreo, como una presencia del más allá. He aquí la concreción del asunto: su estructura propia, porque nada más para vertebrar aquello que fue objeto de la primera percepción sirve. No es más que el orden de las historias pequeñas que buscan nutrir la grande, un orden deliberado que nació en la conciencia de quien sabe que un sentimiento de conformidad, por más que lo sea, no se dice solo, ni se agota en sí mismo. Pero la forma no es solo estructura. También está el lenguaje. Uno único, irrepetible, que debe nacer y morir con la entidad a la que se quiere hacer llorar un instante siquiera. La lengua particular de una novela: su marca de nacimiento, su estrategia para disimular la existencia de andamiajes, órdenes, verdades chicas, y de otra, totalizadora… Cemento que une. 

Me deleito en inglés con la cadencia infinita de las palabras a medio hacer de To Kill a Mockingbird (Matar a un ruiseñor), de Harper Lee, que murió hace poco. 
Muestra de maestría con ser primera –y casi última- novela, escrita a los treinta y pico de años de vida de una mujer, sureña gringa, hace casi seis décadas. Demostración de que la literatura no conoce de nada que no sea sensibilidad: no importa el idioma en que se la lea, ni lo que deje de comprenderse por puros asuntos de sintaxis cultural (el inglés del sur yanqui es como el español de los costeños colombianos). Lo que importa es la ternura sin racismo de una niña de seis años explicada por una mujer adulta, por esa misma niña siendo ya mayor. 
Todo esto es como aquello que te mandan en la terapia: regresa en recuerdos a tu infancia y enfrenta tus traumas con lo que has aprendido de la realidad hasta ahora, y ya no tengas miedo.


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