Todavía no es tarde para corregir el rumbo

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Escrito por:

Germán Vives Franco

Germán Vives Franco

Columna: Opinión

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Simpatizantes de Petro andan preguntando con amplia sonrisa dibujada en sus caras que si los que votamos por Duque estamos arrepentidos.Yo no. Cuando terminé una abstención de 16 años para apoyar a Duque en primera y segunda vuelta, lo hice a sabiendas de que Duque podía resultar un paquete; sin embargo, era para mí claro entonces, y ahora, que el peor gobierno de Duque seria infinitamente superior al mejor gobierno de Petro. 
Ahora bien, haber votado por Duque no implica que el voto de confianza que le dimos sea un cheque en blanco y mucho menos que automáticamente nos convierte en miembros del comité de aplausos. Al menos en mi caso, mantendré una posición crítica e independiente porque el país y el gobierno necesitan escuchar lo que pensamos los ciudadanos de a pie. La crítica que ayuda a construir es necesaria y sana, y es en este espíritu que expreso mi sentir sobre los primeros tres meses de Duque.

El arranque ha dejado mucho que desear. Muchos sentimos que Duque no tiene una visión ni un horizonte claro. Parte del problema radica en que al convertirse en presidente de todos los colombianos, y en un intento de ser incluyente, ha perdido la brújula. Cuando era senador actuaba desde una posición ideológica clara, lo cual le permitió llegar a la presidencia. Por esto no se entiende por qué decidió moverse al centro para tratar de complacer a todos; se sabe que al final esta postura no complace a nadie. Duque tiene que ubicarse ideológicamente, y rápido. 

Segundo problema. La mayoría de los ministros tienen perfil de viceministros, y por esto cometen primiparadas. Les faltan unas cuantas canas y el perfil político. Un ministro exitoso no es necesariamente el que más sabe del tema sino el que mejor se conecta con la opinión y con el Congreso y es efectivo al momento de implementar el plan de gobierno. La tecnocracia es más propia del viceministro para abajo. Necesita hacer algunos cambios. Vamos a ver si insiste con su gabinete, pero si lo hace, no le auguro muchos éxitos.

Tercer problema es que Duque no tiene una agenda, una visión que aglutine y una al país detrás de sus programas. Su gran visión es la economía naranja, y esto no sirve como visión país por muchas razones; la más elemental es que no tiene la capacidad de transformar a Colombia. El desarrollo económico y social del país no puede ser apalancado en industrias creativas. En estos momentos el país no necesita más bailarines ni escritores, necesita ingenieros y técnicos bilingües. 

La economía naranja no va a solucionar el tema del desempleo. Sin querer, Carlos Vives dio una respuesta genial en la tertulia con Duque: no tenía idea que lo que llevo treinta años haciendo es economía naranja. Básicamente le dijo a Duque que nos estaba diciendo que hablamos en prosa. ¿Cómo va a impulsar lo que hace rato existe y que no necesita intervención ni apoyo del gobierno? Los Gabos no se fabrican. Duque necesita una nueva visión. Debería retomar la seguridad democrática de Uribe.

Cuarto problema. La comunicación hasta el momento ha sido torpe. Por el afán de mostrar resultados, la patinada de Ser Pilos Paga abrió la puerta para todo lo que está sucediendo con los estudiantes y los profesores. Abrieron la boca antes de tiempo y anunciaron un pastel medio cocinado. Y peor lo sucedido con la Ley de Financiamiento. Dos descalabros que pudieron evitarse. Antes de presentar una reforma tributaria y anunciarla a la opinión, había que hacer mucho trabajo con el Congreso para presentarle al país un plan consensuado y viable. Carrasquilla es de los que tiene que irse más pronto que tarde.

Y por último, las equivocaciones y el talante conciliador del presidente le han dado pie a la oposición, que anda a la caza permanente de temas, para intentar desestabilizar al país. Es claro que la idea es llegar al poder por la vía de la fuerza y crear una situación de ingobernabilidad. La civilidad de Duque, todavía no sé si es genialidad o estupidez. Creerá que si los deja marchar libremente y cometer cuantos desmanes les dé la gana, de pronto algún día se cansen y el país de ellos. La otra opción, es la de decretar el estado de conmoción interior y prohibir marchas y demás.

No olvidemos que la situación pública del país hizo imperativo gobernar por décadas bajo estado de sitio. Quizás llegó el momento de abrazar esta segunda opción para evitar que los esfuerzos desestabilizadores logren sus objetivos. La mayoría de los ciudadanos apoyaríamos decretar el estado de conmoción interior, pero en últimas es Duque quien decide. Les dejo la inquietud.

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