Ocasión de nueva primavera

Editorial
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A juzgar por la rebelión ciudadana en diversos lugares del mundo, parecería que se va extinguiendo la euforia de quienes, al término de la Guerra Fría, pregonaron que de ahí en adelante, entonces sí, se consolidaría para siempre el modelo según el cual las fuerzas del mercado, liberadas y con la opción de actuar a sus anchas, se encargarían de fomentar un crecimiento generalizado y, de paso, irrigarían progreso a quienes se afiliaran al liderazgo de los empresarios, en su condición de dispensadores de bienestar.
En las sociedades más protagónicas del modelo, como los Estados Unidos, y también en las emergentes dentro del mismo esquema, como Chile, se han venido a advertir los desequilibrios que puede traer la acción, no regulada, de un sistema económico que, por su naturaleza y su lógica implacable, conduce a fortalecer en extremo a unos, beneficiarios de la concentración de la riqueza, y a deja rezagados a otros, que no tienen tiempo para esperar que les llegue el anunciado rocío de los parabienes. Con ínfulas de científicos, y además de intérpretes de la marcha de la sociedad por la historia, basados en la apreciación estadística de los hechos, los pontífices de las fórmulas de crecimiento económico, con base en la liberación total de las fuerzas del mercado, parecieron ignorar las consecuencias humanas y sociales que tiene su acción indolente. Mientras en el fondo de la sociedad hierven sentimientos de marginalidad y frustración que buscan vías de escape. Lo más grave, desde el punto de vista político, es que la marcha rampante de la liberación total de los mercados, que obliga a que los servicios públicos tradicionales, y la salud, y la educación, y los contratos laborales, y todo lo demás, se sometan “simplemente” a la lógica del mercado, conduce a situaciones de desigualdad de tales proporciones que terminan por poner en jaque a la democracia. Esto quiere decir que, frente a la avalancha de poder de una economía que impone condiciones de vida a su acomodo, las ilusiones de ejercicio del poder ciudadano se vuelven cada vez más irrelevantes. Ya fue palpable el fracaso del modelo alternativo que, por ejemplo en la Europa oriental, intentó en el Siglo XX hacer las cosas de otra manera. Y los retoños anacrónicos de la misma idea, como en Venezuela, apenas sirven para concluir que su aplicación radical no conduce ni al bienestar ni a la libertad. Por otro lado, casi nadie se ha atrevido a cuestionar el catálogo de fórmulas como las que, en el otro extremo, se aplicaron en el seno de la sociedad chilena, no solo a lo largo de gobiernos de centro derecha, sino de centro izquierda. El recurso a la violencia debe ser rechazado como medio para tramitar estos profundos problemas. En cambio se debe dar, cuanto antes, una discusión dura, respetuosa y civilizada, entre contradictores. A ella deben concurrir los promotores de la movilización social, y los actores de la vida económica y de la discusión política, para buscar acuerdos sobre los ajustes necesarios para conseguir una sociedad lo más balanceada que se pueda. Sin destruir lo construido, sin negar los avances que se hayan hecho en uno u otro campo. En medio de una época que ve desmoronarse las fronteras, que permite apreciar en directo la movilización social desde Hong Kong hasta Valparaíso, que pone en evidencia virtudes como la del emprendimiento y defectos como la corrupción, que demuestra la inutilidad creciente de los partidos políticos, la precariedad de los Estados tal como están concebidos, la inocuidad del poderío militar ante los problemas que anidan en el alma de la gente, y una ansiedad generalizada por el porvenir, es necesario que aparezcan nuevas propuestas, que permitan una mejor relación entre economía, democracia, dignidad humana y libertad. Si queremos defender, como debemos, las libertades y los valores de la democracia, la protección del emprendimiento y la creación de riqueza por parte de muchos actores de la sociedad, dentro del respeto por la naturaleza, vamos a tener que formular un pacto de avenidas más abiertas, que permitan una democracia económica liberadora para grupos sociales capaces de ser protagónicos en una sociedad que abra oportunidades, que premie el esfuerzo, y que proteja a los más débiles de la inclemencia de un sistema que perfectamente puede ser regulado, con el compromiso de la justicia social. Tal vez estemos en el comienzo de una nueva primavera, y ojalá de una nueva historia.