Atracadores frustrados

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Carlos Escobar de Andreis

Carlos Escobar de Andreis

Columna: Opinión

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Sucedió en la ciudad de Maicao, departamento de La Guajira, que no es precisamente la tierra más segura y apacible de nuestra Costa Caribe. Pero pudo suceder en cualquier otro punto de la geografía nacional, porque cuando se lo propone la delincuencia trasciende fronteras para irrumpir en el territorio que le brinde las mejores oportunidades para el ejercicio de sus fechorías. Maicao no es pues, si alguna vez lo fue, paraíso de maleantes y filibusteros, es sólo una de las mil y tantas ciudades colombianas y una más de las del planeta.

El protagonista de esta historia fue un fulano que se dedica al comercio y transporte de bebidas azucaradas en esta población y sus alrededores que, muy preocupado porque el producto de su trabajo llegase temprano a la ventanilla de consignaciones de su banco, hizo el habitual recorrido de cierre semanal por los establecimientos que debían entregarle “en rama” el capital de sus ventas de viernes, sábado, domingo y lunes feriado. Cuatro días de un alto consumo, dado que ya comenzaban las fiestas navideñas y la gente salía en la madrugada echar cohetes y a prender velitas.

Muy puntuales los clientes lo atendieron que, cual “chepito”, guardaba celosamente en su ejecutivo negro los billetes apretados con cintas de caucho y pita de bollo que cada cliente le iba entregando. Ni siquiera se detenía a contar las entregas, así como las recibía las metía en el maletín, calculando al final que debía haber recogido unos cien o ciento treinta millones en billetes de muy baja denominación, envejecidos, rotos y arrugados por el trajín de la manipulación durante la jerga y el trasnocho.

Estuvo a las ocho en punto cuando el vigilante cambiaba la tablilla de “cerrado” por la de “abierto” y le permitía a la gerente introducir su llave para quitar las trancas de una enorme puerta de vidrio templado y hacerla girar dejando salir de su bello rostro marcado por rasgos aborígenes, la mejor de sus sonrisas acompañada de un “bienvenido señor Jesús”. No había aglomeraciones porque no era fin de mes y a las madres comunitarias y a los pensionados ya les habían cancelado su mesada, además, en esta región muy pocos guardan dinero en diciembre, lo gastan. 

Vació todo el contenido de su equipaje y le dijo al cajero que debía ser su pariente cercano: “…ahí te dejo, vengo más tarde que tengo que hacer un manda’o urgente” y salió aferrado a la manija de su valija, que había perdido su peso, se embarcó en la Ford y se dirigió a la casa de Cheito, el primo hermano que lo esperaba para que lo llevara al Centro. “Ajá primo, ¿a dónde te llevo?”, le preguntó. “Acércame al Hospital, primo, que voy a llevar esto”, le contestó, mostrándole una bolsa de papel que traía en la mano y que sin decir más acomodó en el maletín que reposaba en la mitad de los dos sobre la silla. 

Hombres armados con fusiles y metrallas los cerraron desde una Toyota, los encañonaron y reinó la confusión general. Apenas se oían los gritos de atracadores que vociferaban: ¡la plata…la plata! ¡Dónde está la plata! Y la de Jesús diciendo: “Cheito, entrégales la plata” y la de Cheito: ¿Cuál plata? Esa. Decía Jesús, señalando el ejecutivo negro. Hasta que estiró la mano y se la entregó. No hubo ruido, no hubo disparos, desaparecieron como vinieron con el motín a bordo. Fueron segundos eternos, pero al final ya respiraron tranquilos y únicamente se escuchó el lamento del primo Cheito: “…qué vaina, me llevaron las muestras de orina y materias fecales que llevaba al laboratorio.

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