El recrudecimiento del conflicto armado, la crisis del sistema de salud y las dificultades para avanzar en reformas sociales aparecen entre los principales desafíos que deberá afrontar quien gane las elecciones presidenciales en Colombia, cuya primera vuelta será este 31 de mayo, después de cuatro años de un desastroso gobierno progresista.
Todos los colombianos somos conscientes de la difícil situación de inseguridad que vive el país, con intensidad en algunas regiones; sin embargo, esa preocupación no llega hasta al presidencia de la república, en cabeza de Gustavo Petro, quién no ha podido solucionar este tema y garantizarle la seguridad y vida a los colombianos.
Los países que caen en las garras comunistas no son los más necesitados sino por el contrario, se han distinguido en el panorama continental como aquellos de buen desenvolvimiento económico y social.
Sin lugar a dudas Gustavo Petro se engolosinó con el poder y no quiere soltarlo; vive fascinado convencido de que es un rey redentor, bajado del cielo; piensa implementar su Asamblea Constituyente, que juró ante notario, que jamás la implantaría.
Sin duda alguna el Rey Juan Carlos I ha sido una figura monárquica controversial que tuvo aciertos notables y errores garrafales en el ejercicio de su jefatura de Estado; su abdicación se debió fundamentalmente al deterioro de su condición física, fruto de las prótesis que le habían practicado.
Nuevamente Colombia recibe una condena a nivel mundial arrastrando una larga lista de censuras que lastiman el orgullo nacional y que engrosan la alta cifra de asesinatos en el país, que lamentablemente deja a miles de familias sumidas en un terrible dolor y al Estado colombiano, como actor principal, inerte y sin cumplir con su principal función de proteger la vida de todos los colombianos.
Espectadores observan a la cría de elefante recién nacida Mook Uhm durante su primera aparición al aire libre en el Zoológico Artis de Ámsterdam, Países Bajos. La cría de elefante asiático nació en Nochebuena es motivo para que los turistas y nativos de esta ciudad, acudan a visitar al animal. (Foto EFE/EPA/Dingena Mol)
Fotografía del 10 de diciembre de 2025 que muestra integrantes de la Milicia Bolivariana participando en una actividad del Gobierno, en Caracas, Venezuela.
Un niño rumano conduce su bicicleta junto a una floristería decorada para Navidad en el centro de Bucarest, Rumanía, ayer 5 de diciembre de 2025. Rumanía, país cristiano-ortodoxo, celebra la Navidad el 25 de diciembre. (Foto EFE/EPA/Robert Ghement)
Padres de escolares secuestrados esperan fuera de la Escuela Católica Privada Santa María en Papiri, estado de Níger, Nigeria, ayer 24 de noviembre de 2025. Cincuenta de los 303 escolares secuestrados han escapado del cautiverio y se han reunido con sus familias, según la Asociación Cristiana de Nigeria (Foto EFE/EPA/Afolabi Sotunde)
Personas compran alimentos en una tienda de Los Ángeles, California, EE. UU. Los supermercados y las empresas alimentarias estadounidenses se preparan para una disminución en las próximas ventas si el programa SNAP, de asistencia alimentaria federal, se suspende por primera vez debido al cierre parcial del gobierno. (Foto EFE/EPA/Allison Dinner)
Gran parte del pueblo de Blatten, ubicado en el valle de Loetschental, en el cantón del Valais, quedó sepultado bajo masas de hielo, lodo y rocas. Numerosas casas fueron destruidas y una persona permanece desaparecida. Entre el 19 y el 28 de mayo, varios millones de metros cúbicos de roca cayeron del monte Kleines Nesthorn, sobre Blatten. Esto creó un cono de escombros de nueve millones de toneladas en el glaciar Birch, que finalmente se derrumbó el 28 de mayo de 2025. (Foto EFE/EPA/Michael Buholzer)
La historia de Colombia ha estado marcada por una tensión constante entre el centralismo asfixiante y el clamor legítimo de sus regiones.
El domingo próximo los ciudadanos colombianos tendrán la responsabilidad histórica de castigar al Gobierno por su notorio mal trabajo de los últimos cuatro años. Ese voto (que se espera libre y ojalá informado) esta vez no puede materializarse con alguna variedad de “abstención activa”, o similar, pues eso sería dar cancha para que los cuadros oficialistas hagan valer a sus incomprensibles incondicionales, y así ganen la elección por fuerza de incomparecencia de la oposición. En realidad, se necesitaría de una convocatoria monumental, de los dos candidatos viables, para vencer en las votaciones de dentro de tres días, más allá de toda influencia indebida. Teniendo en cuenta que el candidato gobiernista conserva posibilidades de imponerse, ante todo por lo invisible de su campaña, entiéndase por “vencer”, para el domingo, cualquier resultado que lleve a la segunda vuelta electoral.
Me preocupa Colombia, pero no como ejercicio retórico sino como convicción a partir de la revisión de las cifras que ningún discurso de campaña se atreve a pronunciar con la claridad que merecen. Y lo que veo en las calles, en las redes sociales y en los debates me genera una inquietud que no logro comprender: Colombia está eligiendo de nuevo con las emociones y no con la razón. Estamos escogiendo narrativas, no gestores. Estamos comprando esperanzas, no soluciones. Y no podemos darnos ese lujo.
Yo distingo dos tipos de riesgo, el uno inmanente, estructural y el otro inminente. Este último, a su vez, tiene dos componentes. Veamos. En cuanto al primero aludo a la vulnerabilidad de la matriz eléctrica frente a fenómenos extremos como El Niño, habida cuenta que el 58% de la capacidad instalada de generación es hídrica y por lo tanto expuesta a condiciones de hidrología crítica que compromete su operatividad. Tanto más en cuanto que de los veinticuatro embalses que les sirven a las centrales de generación sólo uno de ellos, El Peñol, que le sirve a Guatapé, tienen una capacidad de regulación de más de un año, los demás a lo sumo sólo cuatro meses.
Cada vez que se anuncia un proyecto de infraestructura, una política pública o una obra de interés general, aparece con fuerza el concepto de "deuda ancestral" o "deuda histórica". Lo invocan autoridades tradicionales, organizaciones indígenas y sus voceros legales como argumento irrefutable para exigir compensaciones, transferencias, vetos y territorios. La pregunta que muchos colombianos nos hacemos en silencio, por temor a ser tachados de racistas o insolidarios es esta: ¿cuándo terminará de pagarse esa deuda? ¿Y quiénes somos exactamente los deudores?
El 29 de agosto de 2025 publiqué una columna titulada “Tour electoral 2026”. En ella, más que un análisis, hice un pronóstico. Hoy, nueve meses después, los hechos han hablado por sí solos: la política, como la vida, termina confirmando a quienes se atreven a interpretarla sin miedo. Como decía Winston Churchill: “El político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones”. Pues bien, lo que hemos visto en estos meses dista mucho de eso. Veamos.