La Riohacha de otrora, el anhelo de su gentilicio

Hoy, las calles y avenidas principales de Riohacha dejan mucho que desear, hay escasez de empleo, locales comerciales cerrados, sobrepoblación y la historia de no acabar de los elefantes blancos.

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Riohacha, la ciudad de los ancestros, la de la Vieja Mello, la Fénix de América, Portal de Perlas y hoy nuevo Distrito Turístico y Cultural de Colombia. La historia de Riohacha se desplaza a un sinfín de matices que permiten pasearse por un encuentro homogéneo de historia y cultura.
Es el contraste entre el pasado y futuro del andar de sus calles.Su explorador, Nicolás de Federmann retrata a los orígenes de Riohacha como el corazón de las perlas, el cual tiene como punto estratégico la llegada de piratas y corsarios que le dieron la vida a la construcción de un territorio de la mano del héroe nacional, Almirante Padilla.El río Ranchería o del Hacha, dinamizan a la que hoy conocemos como Distrito, ciudad comercial del caribe insular. Su poblamiento, huellas proveniente del África y los perleros de Venezuela.

Es como si la nueva Troya palenquera, llegase a territorios donde habitan el conjunto de comunidades indígenas.En este orden de ideas, es territorio sagrado de la “Línea negra”, frontera ancestral que evoca un cúmulo de tradiciones entre el carnaval y la devoción hacia la virgen de Nuestra Señora de los Remedios.Su gente añora esos tiempos en los que la simplicidad era parte del pan de cada día.

Luisa Evelina Carvajalino Martínez, a sus 83 años de edad, recuerda que vivió la época de antaño, todos los de su edad anhelan que regrese, sin tanto ruido, sin tanta inseguridad. Según ella, la antigua ciudad  era más alegre, “no había luz y los sonidos de la música eran acapella, todos vivíamos sin tanto complique”.“La Riohacha de aquel entonces llegaba hasta la calle 12, en las tuberías llegaba barro, en vez de agua, porque no se contaban con los avances tecnológicos de hoy en día. Para viajar a otros lugares, se tenía que contratar a un carretillero para que nos trasladaran las maletas”.

Hija de Eusebio Carvajalino y Manuela Martínez Cotes, oriundos de Ocaña y La Guajira, respectivamente, quienes criaron a Luisa Evelina como una muchacha de casa, estudiosa pero además administradora de las propiedades que la familia poseía.El historiador empírico y guajiro de pura cepa, Jorge Rosado narró que en sus tiempos la energía eléctrica no existía, la nevera era de gas. “Recuerdo que el mejor gobierno en los 70 fue el de Rojas Pinilla.

Las gente de aquel entonces no poseía llaves, sólo un trapito para medio cerrar la puerta porque todo era seguro y el mercado era con trueque con animales, miel, carbón y sesina, cuando llegaba los indígenas de las zonas rurales.

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