Como en los tiempos de “las rangers”, entraron a Uribia en medio de una ruidosa polvareda, cuando de las dunas del desierto comenzaba a brotar el aire caliente de las tres de la tarde.
Sin lugar a dudas esta afirmación era de un cachaco, del mismo capitán que para convencer a los wayuu llegó a usar wayuco (¿Se lo imaginan?) y así obtener el favor de los indios, de quienes decía lo trataban con un respeto y unas consideraciones casi monárquicas: “...cuando llego a una ranchería, el jefe de la tribu me recibe con honores reales; el mejor rancho, la mejor hamaca y la comida mejor son para mí.” De los carros descendieron muchos más hombres que mujeres con mochilas terciadas, ávidos jóvenes estrategas, cargaladrillos y comités de aplauso. Lucían desafiantes y dispuestos a tomarse el poblado a la primera arenga. El acto estaba previsto para las cinco, cuando el sol bajase.
Inmediatamente corrieron a desembarcar equipos de amplificación, pancartas, pasacalles, panfletos, refrigerios y tarima. Apenas había tiempo para dejar, a punta de carreras y de gritos, todo en orden, mientras el candidato recibía los informes de rigor de los nativos que más asustados que contentos le daban la bienvenida: - No sabemos si se pueda realizar el evento hoy en Uribia. No hay un buen ambiente, compañero.
- Eso es imposible. El lanzamiento va porque va. Tiene más reversa un tiro.
- Bueno compañero, usted sabrá, pero la gente está molesta y nosotros no queremos correr ningún riesgo. Dicen que porque usted le echó vainas a los candidatos a la gobernación en las pasadas elecciones.
- Déjeme eso a mí, compañero. Procedan a montar la tarima.
Vamos apúrense, partida de incapaces y de flojos. A medida que avanzaban los trabajos de logística, atraídos por la bulla del acelere y los atafagos, se acercaban personas desprevenidas que al parecer solo venían a curiosear. Pero no, fueron cerrando en círculo al grupo de recién llegados, los miraron de arriba abajo sin pestañear, hasta que las voces más estridentes comenzaron a sonar: “...no vamos a permitir que ese lanzamiento se haga aquí...de ninguna manera...no queremos que lleguen más corruptos a Uribia...estamos en La Guajira...vayan a hacer ese lanzamiento en otra parte, en Santa Marta de donde vinieron...aquí no los queremos (...) mientras los iban empujando y escoltando a sus vehículos de alta gama, para que se “fueran con su música a otra parte.
” El capitán Londoño tenía razón entonces, cuando se imaginaba “a veces encontrarse (en Uribia) en un siglo distante, allá por los días de la conquista, incrustado en un capítulo de aventuras inverosímiles.
” Tal vez como esta historia triste de un hecho frustrado, que sucedió en pleno Siglo XXI, porque los guajiros ya se hastiaron de lo mal que los tratan los extraños y advenedizos, que llegan, les roban sus libertades y sus sueños y desaparecen.
Columna de Opinión
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