Columnistas de La Guajira

Andrés Lafaurie Bornacelli

Columna: Opinión

e-mail: andreslafaurieb@gmail.com
Colombia tal y como la conocemos nunca ha tenido un gobierno central de izquierda. Los liberales en la década del 30 lograron una agenda con un corte similar pero nunca se denominó un gobierno o políticas de izquierda.Aún en ese entonces era una idea que ya empezaba a generar muchas reservas en el elector. Por el contrario, Bogotá ha tenido varios gobiernos de izquierda y, lamentablemente, son pocos los logros que de esas gestiones se pueden rescatar. 
Como si no fuera suficiente el solo hecho que en la ciudad es difícil encontrar un trabajo bien remunerado, de hecho, encontrar trabajo de por sí ya es difícil independientemente que sea bien remunerado o no, ahora también debemos soportar el hecho de que muchas empresas no contratan a nuevos postulantes por el hecho de estar “sobre calificados”.
Resulta común escuchar diariamente historias de amigos, familiares y vecinos en donde relatan cómo han sido víctimas de la delincuencia en las diferentes ciudades de la costa atlántica.

Santa Marta y Barranquilla han observado picos de delincuencia en los últimos meses que han alertado a las autoridades y a la ciudadanía en general. En Barranquilla existe una gran preocupación por la reciente ola de criminalidad y el impacto que ésta pueda tener en los carnavales que se realizarán en el mes de Febrero.
No es sorpresa por estos días leer, ver y escuchar noticias sobre los trapitos sucios que se están sacando entre los candidatos a la presidencia en el país. 
Todos los colombianos hemos recibido el 2017 con muchas esperanzas en que este será un año lleno de alegrías, victorias y, sea el color político que sea, un año lleno de paz, al menos aparente.
Todos los colombianos hemos recibido el 2017 con muchas esperanzas en que este será un año lleno de alegrías, victorias y, sea el color político que sea, un año lleno de paz, al menos aparente.
No tengo forma de saber de qué manera inculcan valores en las casas de muchos de mis compatriotas, lo que sí es claro es la falta de civismo, respeto y discriminación que vivimos en nuestra sociedad, bien sea por razones políticasa, raciales, sociales o meramente personales.
No es duda que en los últimos años se ha generado una creciente tendencia sobre la imperiosa necesidad de lograr cosechar éxitos académicos en el corto plazo. Inclusive muchos aún no han culminado sus estudios de bachillerato y ya cargan con el enorme peso de cumplir satisfactoriamente la carrera de pregrado y su respectivo, y al parecer obligatorio, posgrado.
Soy un convencido de que las instituciones establecidas por la Carta Magna de 1991 deben respetarse y por consiguiente se deben acatar sus pronunciamientos más allá de nuestro querer o de nuestra simpatía con el responsable de dicha institución.
La educación es, sin duda alguna, uno de los pilares fundamentales de cualquier sociedad que pueda llamarse justa, culta y civilizada. A lo largo de los últimos años hemos visto cómo en Colombia los gobiernos de turno han desatendido los llamados de los académicos, expertos, maestros y de la propia sociedad, en el entendido de la imperiosa necesidad de realizar una reforma profunda y completa del sistema educativo en el país.
Sí, y no es así solo por haber ganado el No en la reciente y aún caliente votación al plebiscito que buscaba refrendar los acuerdos firmados en La Habana, es así porque así lo establece la Constitución Política de Colombia, es así porque unas veces se gana y otras se pierde y aquí ganó la democracia, sea cual sea su color.
Sí, y no es así solo por haber ganado el No en la reciente y aún caliente votación al plebiscito que buscaba refrendar los acuerdos firmados en La Habana, es así porque así lo establece la Constitución Política de Colombia, es así porque unas veces se gana y otras se pierde y aquí ganó la democracia, sea cual sea su color.
A lo largo de la última década y luego de varias administraciones que, para muchos, no cumplieron el mandato popular que le fue delegado por el pueblo, los samarios hemos sido escépticos, con razones de peso, con respecto de las políticas urbanísticas, sociales y culturales que las nuevas administraciones pretendieren emprender.