Columnistas de La Guajira

Víctor Corcoba Herrero

Columna: Algo Más que Palabras

e-mail: corcoba@telefonica.net

Tratemos de mirar con el corazón y de ver más con el alma. Multitud de niños mueren cada día privados de necesidades básicas. Otro pelotón de chavales son verdaderamente infelices, y eso, en un mundo que presume de avanzado. Los ataques cobardes contra gente suelen tener como objetivo premeditado a jóvenes inocentes. Toda esta atmósfera de crueldades, nos exige que tenemos que amarnos mucho más unos a otros. Ojalá encontrásemos menos muros y más puertas abiertas, para poder hablar sobre aquellos latidos comunes, que nos hacen más compasivos, que es lo que realmente nos forja un nuevo pensamiento más interior, más de avanzar hacia delante.
El mundo necesita unirse y reunirse para solucionar los muchos trances que nos acorralan. Todo ello, hemos de hacerlo de manera conjunta y dialogada. Ciertamente, acortadas las distancias entre nosotros, nos falta fusionar culturas hasta hermanarse; porque, si en verdad queremos prevenir inútiles contiendas y preservar lo armónico, hay que reorganizarse, rehacerse y renacerse como humanidad reconciliada. Sea como fuere, debemos pasar página y reforzar la confianza entre nosotros. En consecuencia, alistamos una necesidad de que la ciudadanía se halle así misma y todo se ponga a su servicio, mediante el activo de una cultura inclusiva y de justicia, igualitaria, que dignifique a todo ser humano, cualquiera que sea su creencia, raza, sexo, posición económica u otra condición. Ya está bien de tantos desprecios discriminatorios hacia nuestros análogos. Ha llegado el momento de cobijar y auxiliarse, de enfundar las espadas de los unos contra los otros, de establecer el lenguaje del respeto ante todo y sobre todo y en todas partes, de recuperar la gratuidad como abecedario de una globalizada civilización del encuentro, y no del encontronazo, ni de la venganza. Sin duda, toca ensanchar el corazón para poder vivir una vida más profunda; y, de este modo, reencontrarse con el vínculo de la amistad y la apertura hacia nuestros semejantes, desde la más genuina libertad y en un ambiente seguro de su persona.
Hoy más que nunca necesitamos caminar juntos al encuentro de culturas, compartir vivencias y facilitar la convivencia, comprometernos en la unión y velar por la unidad, por el bien colectivo global. Esto exige la cooperación de todos los seres pensantes, el auxilio de todas las sabidurías, el entusiasmo por cohabitar realizados, pues a un gran espíritu todo le afana y desvela. En su lenguaje de acción no vive la indiferencia. Sabe que, en toda época, hay mucho que forjar y lo concibe como parte de su presencia. Esta ha de ser la línea de trabajo, el tesón y la constancia por un mundo más equitativo, donde nadie quede excluido, confiando ciegamente la solución al libre desarrollo de las fuerzas del mercado. Sin duda, este camino de prerrogativas para unos y de gravámenes para otros, es equivocado. Bajo esta ideología dominante, del capitalismo salvaje, la fuerza humanitaria se aletarga por intereses; utiliza a las personas sin miramiento alguno, y cuando ya no son productivas las descarta.

Precisamente, este abandonar vidas humanas ha injertado socialmente una regresión sin precedentes, con la consabida deshumanización de cualquier estructura política, económica, social, y hasta religiosa. Desde luego, hemos de impulsar otros horizontes más abiertos, que nos faciliten un hermanamiento, promoviendo una globalización cooperativa. Está bien que los líderes se unan y trabajen en conjunto, como lo han hecho los ministros de Educación de América Latina y el Caribe, reunidos en Buenos Aires, para instar a las autoridades de la región a impulsar al sector educativo como una vía para alcanzar el desarrollo y lograr una mejor vida para todos. Yo también creo, que la educación debe repensarse mucho más, sobre todo, para que esté orientada hacia lo armónico, la ciudadanía mundial y los derechos humanos.

No podemos permanecer pasivos ante la triste frialdad de los acontecimientos. El corazón bienhechor, en su verdad, calienta y respira de otro modo. Solo así podremos tener el coraje de propagar la compasiva fuerza humanitaria, liberadora de tantos sufrimientos, que germina de la marginación, de la explotación y de la paranoia humana. Ciertamente, se requiere de otros bríos, más auténticos, de respuesta contundente a tantas injusticias, como es la de ignorar a las multitudes que continúan viviendo en la pobreza material y moral, sin apenas hacer nada por ellos. Cualquier gesto que nos active el alma en beneficio de nuestros análogos, debemos aplaudirlo, vociferarlo, extenderlo. Escondernos en la insensible pereza, mientras no nos toque de lleno, ni nos molesten, es una manera ruin de transitar por la vida. Somos así de estúpidos. Hace tiempo que deberíamos haber despertado. A los poderosos del planeta hay que pedirles un acto de humildad, para que reconozcan este ambiente de desigualdades creado por ellos mismos.

Ya está bien de endiosamientos, de no compadecerse por aquellos que sufren las inútiles contiendas, por el desplazamiento forzado o la separación de sus familias. Indudablemente, hemos de dejarnos ayudar, incluir el ejercicio del acompañamiento en nuestro itinerario existencial, en lugar de volvernos locos con los cierres de fronteras, que lo único que hacen es enfrentarnos más unos con otros. Quizás tengamos que aprender a anteponer las necesidades de los descartados a nuestro bienestar egoísta. Esta es la compasión, mucho más que sentir piedad, es ponerse en el lugar del otro, sufrir con el otro.

Ahí están los gritos de cientos de refugiados y migrantes al ser trasladados desde albergues informales a hoteles y apartamentos en el norte de Grecia, como parte del comienzo de una operación conjunta de la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur) y las autoridades griegas. “No sé cómo describir la diferencia de donde estábamos, almacenes abandonados sin calefacción, a donde estamos ahora. Pensamos que nunca pasaría. Las memorias de esos días estarán siempre en nuestra mente, fue una temporada muy difícil”, afirmó Rula Manan, solicitante de asilo político siria, quien vivió con su familia en un depósito por más de siete meses. Ante estas penurias, solo cabe pensar una cosa, que aún no hemos aprendido a amarnos. Tal vez sea el desafío que el futuro nos pone en nuestras manos; puesto que si fundamental es pensar, no menos sentir y sobre todo hacer porque sí, ¡donándonos!
 Soy de los que piensa que tenemos la obligación de contribuir a dar vida a una cultura más preventiva y compasiva, más de acción con el desarrollo sostenible y los derechos humanos, que de reacción a determinadas crisis, a fin de evitar conflictos inútiles o estúpidas contiendas. 
Me parece una buena noticia que pocos días después de la entrada en vigor del Acuerdo de París sobre cambio climático, líderes de todo el mundo mostrasen un fuerte apoyo a su ejecución.
Todo está muy putrefacto. Somos una generación insegura, que no acaba de reencontrarse en la perspectiva de la escucha, imbuida en la mentira, nada respetuosa con su propio medio ambiente, bastante irresponsable y apenas comprometida con los valores humanos.
Todo está muy putrefacto. Somos una generación insegura, que no acaba de reencontrarse en la perspectiva de la escucha, imbuida en la mentira, nada respetuosa con su propio medio ambiente, bastante irresponsable y apenas comprometida con los valores humanos.
Desde siempre son muchos los que aspiraron a gobernar, sin embargo nuestra propia historia está crecida de desgobiernos que nos han retrocedido y llevado al caos.
Nada ni nadie es por sí mismo. Cada ser es un ser humano para todos. Lo que exige unidad de acción, unión de energías, conjunción de fuerzas y reconciliación de espíritus. Hoy más que nunca necesitamos activar este compromiso, ya no sólo para perpetuarnos como especie, también para sentirnos armónicamente en paz con nuestro propio hábitat. No alegra, en consecuencia, que el tema del Día Internacional del Ozono de este año 2016, que celebramos durante este mes de septiembre, concretamente hoy 16, reconozca los esfuerzos colectivos llevados a buen término, propicie una atmósfera de gratuidad y gratitud a esos esfuerzos internacionales concertados, pues se espera que a mediados de este siglo se haya recuperado; acrecentando, asimismo, el compromiso mundial en la lucha contra el cambio climático.
Cada día más pueblos pierden el poder de autogobernarse, encerrados en batallas inútiles, que dificultan el clima armónico y propician un suicidio colectivo.
El mundo necesita conciliar otros abecedarios más níveos, otros vocablos más auténticos, para que se produzca la reconciliación entre unos y otros. Hace tiempo que lo vengo reivindicando en sucesivos artículos. Nunca es tarde para armonizar.
Si importante es hallar nuevas fuentes de crecimiento y aprovechar las oportunidades que ofrece la innovación a nivel mundial, aún más transcendente es propiciar en toda la especie humana ese cambio de actitudes aperturistas y dialogantes, que es lo que verdaderamente hará florecer una sociedad del conocimiento, con lo que esto supone de modos de vida y de trabajo, de maneras y formas de gobernar, de informarnos y de aprender, de vincularnos socialmente de modo que la desigualdad se achique y la libertad se acreciente en todo.
No me gusta este mundo que juega con vidas humanas, que cultiva el racismo y propicia el resentimiento y la venganza, que se encarcela en la mentira cada noche y se deja cautivar por el endiosado poder del dinero cada día. El retroceso de los principios y derechos humanos no es bueno para nadie.
Vivimos en un mundo de tráficos ilícitos y de abusos, que lejos de aminorarse, se acrecientan. No pocas veces la realidad supera a la ficción. Esta indiferencia generalizada, ante este tipo de sucesos que nos dejan sin alma, hay que atajarla. Pongámonos manos a la obra, con el coraje preciso, para afrontar sus causas devastadoras. No puede seguir imperando, en un planeta globalizado, esta desprotección. Su magnitud requiere la adopción de medidas inmediatas. La comunidad internacional, o la heterogénea ciudadanía mundializada, ha de hacer frente con urgencia a esta lacra deshumanizadora e inhumana, que puede cargarse desde nuestro natural hábitat hasta las entretelas del ser humano.

Para vivir hay que saber convivir.

A veces cuesta creer que seamos más destructores que constructores y que, en lugar de descubrir verdades, avivemos conductas de mentira permanente, en contradicción con nuestro propio espíritu humano.

Decía el inolvidable dramaturgo y novelista irlandés, Oscar Wilde, que “el medio mejor para hacer buenos a los niños es hacerlos felices”; y es, verdaderamente cierto, en la medida en que el sufrimiento de los chavales esté permitido, aparte de que el futuro se desmorone, también el mundo se entristece, pues no existe amor verdadero.

Nos encadenan tantos martirios que a veces nos quedamos sin aliento y se nos escapa el presente. Casi todos los  días se infligen intencionadamente torturas y malos tratos de carácter mental y físico a ciudadanos de todas las regiones a instancias de funcionarios públicos, que son precisamente las personas que más deberían respetar el estado de derecho y proteger los derechos humanos.

Hoy mismo Naciones Unidas, en su quinto informe ante el Consejo de Derechos Humanos, aborda el fracaso de las leyes internacionales para proteger a las minorías de la tortura y otros actos crueles e inhumanos, que nos degradan como especie.

El mundo debería recapacitar sobre esto, máxime en un planeta globalizado como el actual, pluralista, multicultural y universal, que ha de cuidar y proteger los valores esenciales que nos dignifican como ciudadanos pensantes.

Sin duda, hoy más que nunca, todos estamos obligados a comprometernos en la abolición de la tortura, entendida ésta, como todo acto por el cual se inflija intencionadamente a una persona dolores o sufrimientos graves, ya sean físicos o mentales, con el fin de obtener de ella o de un tercero información o una confesión, de castigarla por un acto que haya cometido, o se sospeche que ha cometido, o de intimidar o coaccionar a esa persona o a otras, o por cualquier razón basada en cualquier tipo de discriminación, cuando dichos dolores o sufrimientos sean infligidos por un funcionario público u otra persona en el ejercicio de funciones públicas, a instigación suya, o con su consentimiento o aquiescencia. Indudablemente, no serán torturas: los dolores o sufrimientos que sean consecuencia únicamente de sanciones legítimas, o que sean inherentes o incidentales a éstas.

Con el auge del extremismo violento y el nivel sin precedentes de desplazamientos forzosos, en demasiadas ocasiones se destruye la propia personalidad de ciertos seres humanos. Esto es indigno. Ya sabemos que la tortura se considera un crimen en el derecho internacional, pero es preciso tener todos los instrumentos necesarios para que estos actos jamás se produzcan.

El uso de la tortura no tiene justificación alguna, ni para luchar contra el terrorismo porque, de hecho, la persecución aterroriza. Por si fuera poco este suplicio, la Organizaciones de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), acaba de advertirnos que crece el hambre en zonas de conflicto pese a proyecciones positivas para cosechas a nivel global. Muchas veces, además, se mantiene una cultura de impunidad que nos deja sin verbo.

Junto a esta prohibición más absoluta, el mundo entero tiene la obligación no sólo de evitar la tortura, también de rehabilitarles, con una reparación pronta y eficaz. El hoy es nuestro y no podemos caminar a la deriva, dejándonos atormentar, sin poder vivir. Aliviemos el sufrimiento de tantas víctimas presas de la persecución más leonífera, hagamos familia frente a prácticas que todo lo pervierten.

Siempre es un buen momento de expresar nuestra solidaridad con las personas torturadas. Más que nunca hace falta amor, hay un hambre profunda de cariño, de consideración, a pesar de que se nos llene la boca de humanidad. Ante estos repetitivos sucesos inhumanos, convendría que nos preguntáramos como, en otro tiempo, hizo el científico alemán nacionalizado Albert Einstein: “Tengo una pregunta que a veces me tortura: estoy loco yo o los locos son los demás”. Ya está bien de que cada cual consigo, sea su peor enemigo. ¡Pregúnteselo!.

Por: Victor Corcoba Herrero

Estamos llamados a entendernos, a proclamar un abecedario más comprensivo con nuestros análogos, a declarar otro espíritu más reconciliador con nuestra misma especie, a dejarnos abrir el corazón y a compartir como miembros de un universo globalizado.

Todos necesitamos, alguna vez, en este difícil peregrinaje que nos hemos trazado, una palabra de aliento para llevarnos al alma. Ojalá hubiese muchos mensajeros de la paz como el Papa Francisco, ahora peregrinando por la República Centroafricana, en busca del diálogo inter-religioso, cuestión fundamental para armonizar el orbe.

Hoy más que nunca, precisamente, el mundo necesita regenerarse dentro de un marco de convivencia democrática, puesto que la vida es un largo camino en el que no se puede caminar solo. Cuando, en nombre de una ideología, se excluye a la persona, todo camina a la deriva, la dignidad humana se pisotea y sus derechos se violan como si nada sucediese.

Nadie me negará, que son tiempos complicados los actuales, en parte por la pérdida de humanidad, privada de esperanza y sumida en el caos, sin referentes para poder activar la reconstrucción moral de un planeta y unos moradores, a los que venimos destrozando sin piedad, con nuestras propias atrocidades más inhumanas y absurdas. El baluarte de la moral es una aportación decisiva a la fraternización ciudadana, rehúye la tentación del sectarismo y promueve actitudes de consideración hacia nuestros semejantes.

Por consiguiente, toda conciencia ha de lograr dar razón de la existencia del otro y de su compromiso en favor del bien colectivo. Está visto que cuanto más se pone uno al servicio de los demás, más uno se reencuentra consigo, más libre y mejor se siente. El espíritu humano no puede vivir en la superficialidad de las cosas, precisa ahondarse en el sentido profundo, en las experiencias de la vida y, de este modo, recuperar la  esperanza.

Lo que en el fondo nos une es el camino y su morada, que lo hacemos en conjunto, y que lo hemos de llevar a buen término, sin traicionar nuestra propia identidad pensante, o si quieren nuestra conciencia, que ha de ser regla de nuestras costumbres para poder llegar a estar en paz con nosotros mismos.

Con razón, allá donde la moral camina ausente, es un imposible la convivencia, porque se carece de fuerza hasta para formar una comunidad y mantenerla unida. Por eso, nadie puede usar la palabra avance humano, o progreso, si no tiene un credo definido y un férreo código ético; porque sin dirección todo se derrumba, nada se sostiene.

Si en verdad indagásemos en las causas de las actuales ruinas humanas, llegaríamos al verdadero foco de podredumbre. Olvidamos, con frecuencia, que el factor moral es fundamental para humanizarnos. Hoy, para desgracia de todo el linaje, apenas se le presta atención al ser humano como tal, cuando es el motor imprescindible en la factoría empresarial de bien común. Si este valor colectivo lo cultivásemos de manera universal, no estaríamos permanentemente amenazados por intereses egoístas, por la voracidad, la falta de rectitud, o el mismo deseo de utilizar a los demás. Al final todo se nutre de lo mismo, de la falta de sentido humano y de honradez.

También el terrorismo, como ha dicho el Papa desde Kenia, se alimenta de la pobreza, de la marginalidad. Ante esta bochornosa realidad hemos de ser valientes, y en este sentido, el reto de la reconstrucción moral en el mundo, es algo tan vital como el aire que respiramos. Que nadie menosprecie a nadie, es lo mínimo que nos podemos pedir como familia. Ya está bien de manipulaciones, de renunciar al innato pensamiento de cada cual, de perder la ilusión por vivir, o de desvivirse por aquello que nos rechaza sin sentimiento alguno, al no aceptar la verdad y la justicia como lenguaje que nos universaliza

Por: Víctor Corcoba Herrero

Parece que la margarita de la incertidumbre en el mundo nos está dejando sin palabras. No acabamos de deshojarla. Abrigamos una multitud de inseguridades como jamás. Hasta los mismos cascos azules operan en escenarios cada vez más problemáticos.

Hay un incremento galopante de peligros para trabajadores humanitarios en zonas de conflicto que no tiene precedente. Nadie respeta ya a nadie. Por desgracia, somos una generación irrespetuosa hasta con nuestra propia naturaleza, con los derechos humanos y nuestro hábitat, y así no podemos mirar al futuro con esperanza. Todo se distorsiona de manera grosera, en lugar de activar diálogos abiertos y compresivos. La estima por la vida de nuestros análogos apenas vale nada. Somos una sociedad interesada, aburrida, sin creatividad, que ha tomado la confrontación y la violencia como lenguaje. Únicamente entendemos de disputas. Ahí está el caso de China, donde lo prioritario no es conversar, sino tomar como estrategia los misiles. Olvidamos que la mejor defensa para mantener el sosiego es más de palabra que de armas. La necedad nos puede, y realmente invertimos más dinero en armamento militar que en programas de paz o en programas sociales, que nos hagan crecer como ciudadanos de bien.

La muerte espiritual es la enfermedad de este siglo. El ser humano se ha desposeído de sus sentimientos. Sin ellos somos prácticamente piedras. Debiéramos poner en práctica las buenas disposiciones, un mejor temple y una mejor escucha. Desde luego, el futuro de una especie se sustenta por el vínculo responsable de los grandes valores humanos, aquellos que han forjado la identidad de nuestra existencia. Los que cuidan su propia alma respetan su propia vida y la de los demás; puesto que la realidad es más interior que exterior, más de la mente y de la sabiduría que de las pasiones y necedades. La ofuscación de esta evidencia, no solo nos desorienta, también nos deja con poca fuerza para la construcción de una sociedad pacífica y para el desarrollo integral de individuos, pueblos y naciones. En consecuencia, no ha de haber reticencias a la hora de propiciar el bien colectivo, que también pasa por el respeto a su dimensión trascendente de la persona, que no puede prescindir del aspecto moral o los derechos fundamentales, civiles y sociales que, sin duda, todos nos merecemos como ciudadanos de un mundo global.

Por consiguiente, ninguna institución que se precie de defender a sus ciudadanos, puede premiar la mezquindad, la falta de respeto, como puede ser la identidad religiosa en una sociedad pluralista. En ocasiones, tenemos carencias en la educación cívica, sobre todo en la consideración de la identidad y los principios cristianos y de las otras religiones, detectándose fuertes resistencias a reconocer el papel público de la religión. Y, sin embargo, el compromiso es fundamental para esa toma de conciencia ciudadana que nos hace reencontrarnos con ese espíritu humano que nos diferencia de los animales.  La idea kantiana de que "la religión es el conocimiento de todos nuestros deberes como mandamientos divinos"; cuando menos nos hace repensar, con lo que esto conlleva de purificación, de búsqueda de la verdad y el bien, de consuelo y de ayuda, en un orbe cada vez más confuso y plagado de incertidumbres. De ahí, también la importancia de que la justicia social se active para eliminar tantas barreras que nos enfrentan por motivos de género, edad, raza, etnia, religión, cultura o discapacidad.

Por todo ello, es un signo de esperanza frente a esta incertidumbre que soportamos, en mayor o en menor medida, que cada vez se alcen más voces que piden una vida digna para todos con igualdad de derechos y respeto hacia las distintas voces de los poblados del mundo. El veinte de febrero celebramos, precisamente, este Día Mundial de horizontes amplios para construir un mundo más justo, en el que todas las personas puedan cuando menos vivir y trabajar con libertad, dignidad e igualdad. Sería bueno, pues, impulsar el poder de la fraternización, en este mundo tan dispar, pero a la vez enriquecedor.  Promovamos oportunidades para todos. Esta es la cuestión para lograr un crecimiento equitativo y sostenible para todos, sin la perplejidad de los retrocesos que nos dejan sin alma humana. En nuestro empeño por crear un mundo más sensato, redoblemos nuestros esfuerzos; ¡hagámoslo ya!, con autenticidad e ingenio, no desde la falsedad y la estupidez.

Por: Víctor Corcoba Herrero

Somos historia de nuestra propia humanidad. Desde siempre hemos intentando evadirnos de nuestras miserias, buscando nuevos horizontes más seguros, cuando menos para gozar de una subsistencia digna de la que todos somos parte. Ciertamente, cada ser humano ha de realizar su especifica calzada, en unión a sus análogos viandantes. El desarrollo, pues, no se puede reducir únicamente al crecimiento económico, sino a todo aquello que nos circunscribe como ciudadanos del mundo, como seres pensantes dispuestos a dar lo mejor de sí por la colectividad de la que formamos parte; al fin y al cabo, somos un todo en un armónico universo en el que nada es por sí mismo. En consecuencia, nos ha de mover un incondicional deber personal a ser cada día mejores caminantes para trazar, de este modo, unos caminos más humanitarios que nos fortalezcan como linaje.

La humanidad que todos compartimos, tanto a través de nuestros ascendientes como descendientes, aparte de llevar consigo una innata vocación al desarrollo de la estirpe, ha de activar una escala de valores que nos haga reencontrarnos como colectivo. Por tanto, tan importante como hallarse a sí mismo el ser humano, es poder sentirse miembro de una colectividad, de la que forma parte, sin exclusiones. Hay que remontarse de las debilidades a la voluntad de cooperación, jamás discriminar a nadie, y tender puentes para emprender caminos contiguos, donde nadie camine como propiedad de nadie, sino como parte de la prosperidad humanitaria.

Efectivamente,  el ser humano ha dejado de ser verdaderamente humano, convirtiéndose en su peor enemigo, en la medida que se ha dejado dominar por la técnica o las finanzas, convirtiéndose en un auténtico esclavo de la posesión, cuando en realidad la felicidad no está en reunir, sino en saber donarse, en acompañar.

Afanados en aumentar una producción  que jamás nos saciará, a mi manera de ver, nada es más trascendental hoy en día, que ponernos al servicio de aquel ser humano que solicita nuestra ayuda. Este es el auténtico deber comunitario: ponernos al servicio de nuestro semejante para producir mayores activos armónicos. Todo lo demás sobra, genera avaricia, desigualdades, incomprensiones, locuras... Por eso, habría que rendir un verdadero homenaje  a todos aquellos que se gastan el tiempo hasta desgastarse por los demás. Ellos sí que saben vivir, y sí que son referencia y referente, en un mundo al que, por desgracia, solo le mueve el interés. Pienso en este momento, también, en aquellos que se juegan su exclusiva vida en la defensa de los derechos humanos. Con sus desvelos educan, despiertan conciencias; y, lo que es más saludable, avivan la solidaridad entre culturas, luchando por desenmascarar tantas injusticias sembradas.

Indudablemente, toda acción social implica un deber comunitario, que a mi juicio ha de instruirse con mayor tesón a las nuevas generaciones, para que se produzca el gran cambio social. Hasta ahora hemos hablado mucho del  bien común, pero muy poco de las obligaciones que esto supone a cada ser humano. Mal que nos pese, somos una generación enferma. Ante cualquier penuria, como puede ser el deber de la hospitalidad, actuamos con una frialdad tremenda. Olvidamos que podríamos ser cualquiera de nosotros. Me parece, por consiguiente, una noticia esperanzadora que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, haya adoptado unánimemente una resolución en la que insta a los Estados a invertir más en la juventud, como medida para garantizar la paz y la seguridad, el desarrollo y el progreso de todas las sociedades. Me parece bien que el preámbulo del documento subraye que los jóvenes tengan un papel activo en la configuración de lo armónico, máxime en un momento en que algunas organizaciones terroristas pretenden reclutarlos para matar. La vida no es para eso, es para vivirla, o si quieren dando amor, que es lo que realmente necesitamos para sentirnos bien. 

Por: Víctor Corcoba Herrero

El mundo cada día tiene más seguidores de la mentira, empleados a fondo para cubrir el rostro de tantas falsedades, para borrar el rastro de tantos fingimientos, y de este modo parezca verdad lo que es hipocresía, disimulando las trampas y ocultando los propósitos. La incoherencia nos gobierna adoctrinándonos en la insensibilidad. Las vías de la ficción son tan largas como anchas, hasta el punto que nos dejan sin abecedario para poder expresar cuán necesaria es la regeneración de esta tribu. Por una parte, se pone de manifiesto un mayor reconocimiento de la necesidad de crear sociedades y economías que sean ecológicas; y, en cambio, se olvida que entre las víctimas del aluvión de inútiles contiendas, está nuestro propio hábitat, que es torturado como jamás, cada vez que se queman los cultivos, que los bosques son talados, que los suelos son envenados o que los mismos pozos de agua se contaminen.

Ciertamente, en esta mundanidad que soportamos, tenemos gran cosecha de farsantes revestidos de pregoneros, con promesas falsas que engañan a la gente, que incitan al odio, a la rivalidad y a la rebelión. Son organizadores de levantamientos que parecen allanarnos el camino y lo que nos causan es un daño irreparable en nuestro propio avance humano hacia el bien colectivo y la familiaridad como horizonte. Las escenas de personas comprimidas en un tren es un claro modelo de que los refugiados no son tratados como seres humanos, como parte de nuestra familia. Tantas veces se nos llena la boca de auxiliar  a las sociedades de todos los continentes, a crear y participar conocimientos; y, sin embargo, la insolidaridad es manifiesta. No podemos ser solidarios, porque el mismo sistema productivo insta a un estilo egoísta y competitivo de vida. Si en lugar de pregonar tanto, nos donásemos más, sí cada uno hiciese lo que le corresponde, si todos pusiésemos en el centro a nuestro semejante y no al dinero, verían como el compartir fraterno se volvería una realidad.

Está visto, en consecuencia, que el mayor ferrocarril del mundo es el de las vías anchas y largas de la maldita mentira; el arsenal no puede estar más poblado, nos desborda con su retahíla de peligros. Que se lo digan a los activistas de derechos humanos, que afrontan cada vez más riesgos en la medida que destapen la auténtica verdad, siendo en tantas ocasiones detenidos de manera arbitraria, torturados e incluso asesinados. Crecer sin verdad es como entregar el alma a la necedad y arrogancia, pues suprimido el amor de la inocencia, el amor dentro de uno mismo, nuestra  propia visión se convierte en odio al adversario, aunque sea de nuestro específico linaje.

Para desdicha nuestra, cuando no se respeta ni el propio derecho natural, la posibilidad de buscar la verdad libremente, dentro de los límites del orden moral y del bien colectivo, queda reducida a nada, ya que todo se somete e impone. Así, los ciudadanos de todo el planeta,  son cada vez más conscientes de la ausencia de dignidades humanas más allá de la letra impresa, advirtiendo retrocesos verdaderamente alarmantes, pues son muchos los ciudadanos que no pueden gozar de su criterio propio, y aunque ansían ser guiados por su conciencia del deber, en realidad son movidos por la coacción. La verdad no admite ambigüedades y es lo que es, aunque no se reconozca actualmente, en la medida que nos armoniza y nos sosiega. De ahí la importancia de hacer leyes tan justas como auténticas, o sea, directas en la defensa de las libertades fundamentales.

En este sentido, un grupo de expertos de Naciones Unidas, acaba de advertir sobre la imprecisión de una nueva ley sobre terrorismo en Brasil. Es tan solo un ejemplo reciente, de las muchas contrariedades que a diario se nos sirven desde las bandejas del poder a la sociedad, y que suele caminar en detrimento de la defensa de los derechos de minorías, religiosos, laborales y políticos, sabiendo que no hay mayor mentira que la verdad mal entendida.

Por: Víctor Corcoba Herrero

 

Apuesto por las alianzas mundiales, y no por las interesadas de ciertos grupos, que lo que menos cultivan es el amor como fundamento de sus existencias. Mal que nos pese, necesitamos sentirnos aceptados, queridos y sustentados, por estos caminos de la vida. Aparte de hallarnos para sentirnos vivos, ciertamente requerimos sostenernos en familia, tener linaje, vivir en filiación como referente y referencia del camino, y así poder familiarizarnos con otras culturas, con otros modos y maneras de caminar, para aprender unos de otros a cohabitar en ambientes más armónicos.

Por eso, me alegra infinito que Naciones Unidas haya optado, para celebrar el Día Internacional de la Paz (21 de septiembre), bajo una llamativo símbolo ("Alianzas para la Paz, Dignidad para Todos"), en el que se pretende resaltar la importancia de que todos los grupos sociales trabajen colectivamente para lograr la concordia entre la especie humana. Desde luego, la labor de las organizaciones internacionales no sería posible sin las coaliciones entre gobiernos, asociaciones del sector privado y sociedad civil, los grupos religiosos y otras organizaciones no gubernamentales necesarias para que la convivencia mejore cada día, pues no está la felicidad en vivir, sino en saber simpatizar para convivir.

A partir de septiembre de 1982, venimos celebrando esta apuesta por la paz y a mí, personalmente, esta fecha me interroga ante la multitud de contrariedades que llevamos consigo. Con lo armónico, algo con lo que todos ansiamos coexistir, pasa lo mismo que con el amor, se habla mucho, pero en realidad nos mueve más el interés que otra cosa. Todo decimos querer la paz y se fabrican más armas que nunca. Seamos coherentes. Busquemos la unidad sin temer a la pluralidad. Respetémonos. Solo eso. A veces, buena parte del mundo, tiene más necesidad de respeto que de pan. Las cuerdas que nos amarran son como alianzas que nos unen, en realidad son hilos de necesidad, que hemos de avivar comenzando por respetarnos a nosotros mismos.

De ahí; que tanto la paz, como la convivencia, tengan una base poética.
Cada poema es único, igual que cada ser humano, también es único. En cada poesía late, con mayor o menor intensidad, la búsqueda y el sentimiento. Si la búsqueda nos hace seres pensantes, el sentimiento nos mueve el intelecto. Precisamente, hace unos días me decía una maestra, que les había preguntado a sus alumnos sobre su objetivo en el nuevo curso. Todos indicaban que aspiraban a las mejores calificaciones. Sin embargo, ningún alumno advertía que quería ser mejor cada día. Todos querían saber más, pero ninguno quería ser mejor compañero. Como me indicaba la educadora, su clave no es tanto enseñar como despertar la ilusión por aprender más allá de unos simples contenidos, y en este sentido, me subrayaba, el desvelo de obtener lo mejor de sus alumnos, haciéndoles personas de bien, o sea de valores, con el deseo de convertirlos en buenos ciudadanos en el futuro.

Verdaderamente hoy se enseña lo más inverosímil, obviando de los planes educativos lo que es fundamental para la vida, y es que aún no hemos aprendido el sencillo arte de convivir. También se habla mucho de educar para la convivencia, pero se instruye para la competitividad, para la lucha con el contrincante, haciendo de la existencia más una selva que un paraíso. Y es, en este estado de salvajismo, donde cada cual hace lo que le viene en gana, porque tampoco se educa para adquirir conciencia de la justicia.

Así no se puede avanzar humanamente, en la medida en que nadie se considera parte de la comunidad mundial, sino parte de un campo de batalla en el que hay que salir a ganar siempre.
A pesar de que nos hemos globalizado, aún tenemos la necesidad de experimentar el encuentro de unos con otros. Nos hace falta un ejercicio perenne de empatía, de escucha y sintonía, de autenticidad y coraje, poniéndonos en marcha por el camino exigente de aquel labrador de versos, que se entrega a la siembra y se gasta gratuitamente por el bien del poema en su conjunto.

Ahora bien, casi nunca es segura la alianza con un poderoso. Por tanto, querido mundo, si en verdad ansiamos la paz, apoyemos el timbre de la justicia; y si en verdad, ansiamos la justicia, propiciemos que la vida se vuelva balada para poder abrazar la verdad. Al final todo se reduce a ponerse al servicio del amor y, por consiguiente, uno debe creer en él y trabajar por conseguirlo, o sea, por entenderse. Porque al amor le basta con el amor y le sobra con la poesía, que aspira a verse cargada de más humanidad y coronada de más concordancia con la sencillez.

Por: Víctor Corcoba Herrero

Noviembre es un mes para el silencio y la reflexión. Los dos primeros días constituyen, para toda conciencia, intensos momentos de recuerdos sobre la realidad última de nuestra existencia. La liturgia de las flores en los cementerios, la soledad del caminante en los campos santos, la nostalgia por los que se fueron, la melancolía de una estampa imborrable; todo ello, salta en cualquier esquina a nuestros ojos. Quizás brote en este tiempo de reminiscencias, con más fuerza que nunca, el indestructible vínculo espiritual. Se hace más patente el que todos estamos unidos; que la muerte desgarra corazones, pero que también nos deja intacta la memoria. Se mantiene virgen esta familiaridad de rostros y rastros, de hondura meditativa ante lo vivido y lo que se avecina, con la claridad reveladora de la lámpara del pensamiento que imprime los encuentros interiores, cada cual consigo mismo y con sus análogos. Hay un instinto poderoso dentro de nosotros, que nos indica que nuestra vida acá es un punto y seguido, y aunque nos acongoje la certeza de agonizar, a cada cual, -mal que nos pese-,  nos consuela pensar en otro estadio más sublime, más de paz y recreación. En todo caso, como decía el poeta español, Antonio Machado: "la muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros ya no somos".

Y por ese no ser, quizás tengamos que aspirar a un horizonte que va más allá de la vida que ahora vivimos, donde a veces, no tenemos ni ocasión para pensarla. Estoy convencido de que si madurásemos más interiormente, perderíamos el afán por vivir exclusivamente para esta caduca vida de intereses mezquinos y de coleccionismo de las cosas terrenas. El día en que la muerte únicamente tenga importancia en la medida en que nos hace crecer, dar más valor a la propia vida, habremos conseguido desterrar inhumanidades, puesto que al compartir dolores e infundir luz, reiniciamos nuestra condición comprensiva hacia la paz que todos deseamos. De ahí, que más que a la muerte hay que temerle a la vida, sobre todo cuando no es donada y la convertimos en puro egoísmo; no en vano, se nos ha dado una clarividente visión de vivir conviviendo, como de amar amando, o de ser estando próximo al prójimo.

En el recetario poético de Antonio Machado, la consigna es bien clara: "En caso de vida o muerte se debe estar con el más prójimo"; máxime en estos tiempos en que la globalización nos impone a todos examinar de manera renovada la cuestión de la solidaridad. Este es el único modo de evitar que progrese la desigualdad y el clima desalmado de penurias terrícolas. ¿Cuántas veces buscamos el amor entre las cosas que no pueden darla, lo mismo sucede con la vida, cuántas veces la buscamos entre los que no pueden donarnos vida? Por eso, todos estamos llamados a adentrarnos en el silencio de los suspiros, a beber de la cruz de Jesús para vivir con el pensamiento de Cristo (los creyentes), o a beber de la propia existencia de la sabiduría innata (los no creyentes), para cuando menos entrar en diálogo para no ir perdiendo la costumbre de vivir, acomodándonos a lo efímero. Tal vez debiéramos probar vivir más en lo invisible que en lo visible, cambiaríamos muchas actitudes en favor de una salud más del ánimo que del abatimiento.

Para meditar, insisto, noviembre con su comunión de sentimientos, hacia los que nos precedieron en este camino de la vida, sabiendo que nuestras propias existencias están profundamente unidas unas a otras, y que el bien y el mal que cada uno cultiva también afecta siempre a los demás. Sea como fuere, conviene vivir considerando que se ha de morir, cuando menos para poder recapacitar  que somos gente en camino, y qué sí la vida es una gran sorpresa, que lo es, la muerte no va a ser menos. Para empezar uno no puede retirarse de sí mismo, porque siempre habrá alguien, en algún rincón del camino, que le recuerde para siempre. Todos, al fin y al cabo, queremos robarle vida a la muerte, aunque sea volviendo a la infancia que también es un privilegio de la vejez. Yo mismo, entrado ya en años, no sé por qué la retengo tanto ahora, sin duda, con más viveza que anteayer. A veces pienso, que si el arte es el reflejo del mundo, nosotros también somos el reflejo del camino; de un camino hacia sí mismo, con el que conviviremos para siempre. 

Por: Víctor Corcoba Herrero

 

No hay más ley suprema en el orbe que la unidad. Cada ciudadano es único, pero está llamado a unirse por el inexorable cauce del destino. Por eso, pienso que ha llegado el momento de despolitizarnos y de hablar con franqueza acerca de los grandes problemas del mundo. Ciertamente, no hay suficiente Europa en esta Unión Europeísta, ni tampoco bastante Unión en esta Europa,  más interesada que realmente solidaria. Lo que podía haber sido un referente, se viene desvaneciendo. Tampoco en la Unión Africana hay un cese auténtico de las hostilidades. Lo mismo sucede en los otros continentes. Pero ahora no es el momento de dar miedo, es tiempo de una acción conjunta, decidida y concertada, entre todos los moradores del planeta. Sabemos que los conflictos estallan allí donde la ciudadanía sufre violaciones de derechos humanos, exclusión, pobreza y una mala gobernanza. Al final todo se reduce a una cuestión de humanidad entre las diversas culturas y de dignidad en las personas.

A veces la historia de los pueblos es una historia de divisiones. Los tiempos actuales no iban a ser menos. Aún hoy tenemos a mucha gente que no es nada, que no cuenta nada más que para la guerra, a la que se le adoctrina y engaña. El esperado sosiego casi nunca llega a los pobres. Ahí están las inesperadas riadas de seres humanos selladas por la huida de la persecución religiosa o política, de la guerra, la dictadura o la opresión. No levantemos, pues, muros y demos refugio, cumpliendo así el derecho fundamental de dar asilo. Naturalmente que tenemos medios para ayudar a estas personas que han de huir si quieren salvar sus vidas. Por muchas que sean las miserias humanas hemos de poner más corazón en nuestras actuaciones. Los más vulnerables no son simplemente productos a destruir, sino que son miembros de nuestra familia con quienes, aparte de tener el deber de compartir los recursos que tenemos, también tenemos la obligación de volverlos próximos a nosotros y, de este modo, activar la unión entre todos.

Siempre la armónica unidad nos hace familia. Debiéramos tomar conciencia de esto, y aplicarnos en llevarlo a buen término. No se trata de acoger y dar asistencia sin más, que ya es algo, hemos también de propiciar unidos acciones de justicia. Nadie tiene porque huir de ningún sitio. Quizás el esfuerzo haya que dirigirlo también a desmantelar los grupos de traficantes humanos, a destruir el afán de los inventores de guerras, a demoler odios baldíos que aprovechan cualquier ocasión para perjudicar a los demás. Sin duda, el verdadero modo de vengarse de un enemigo es no parecérsele. Vengándose, uno se iguala a su contrario; perdonándolo, se muestra superior a él. Indudablemente, necesitamos más humanidad en nuestra poética de acogida, y mayor familiaridad en los gestos concretos de acoger, para que todos los que se encuentren lejos de su lugar naciente, nos sientan como parte de su familia. Demasiado dolor llevan a sus espaldas para que nosotros no le demos hospitalidad, a fin de que no se sientan islas a causa de la intolerancia o la pasividad nuestra.

Hemos, pues, de movilizarnos todos junto a todos; movilizar a gobiernos, organizaciones internacionales, para diseñar iniciativas que impulsen un mayor respeto hacia el ser humano como tal. Lógicamente, requerimos de una ciudadanía más fuerte, o lo que es lo mismo, más unida, para que el apoyo humanitario pueda ser inmediato y más completo. Al fin y al cabo, el mundo es un proyecto global, un proyecto dinámico que ha de converger para servir a toda la humanidad, donde no haya vencedores ni vencidos, pero también donde se pueda enjuiciar mediante tribunales especiales de ámbito internacional, a los responsables de atrocidades. No se puede permitir que los autores de bombardeos indiscriminados, de ejecuciones extrajudiciales, de desapariciones forzosas, de tortura, violencia sexual o reclutamiento de niños soldados, prosigan con sus hazañas siniestras. No olvidemos jamás, que un mundo donde queden impunes los inventores de la maldad, es decir, los monstruos vivientes, termina por hundirse en el abismo. Cada cual, por consiguiente, tiene la responsabilidad de responder personalmente a la llamada de unidad desde el amor más profundo y a tomar partido, o protagonismo, al respecto. En consecuencia, todos somos necesarios y precisos para globalizar el amor antes que nos globalice el nefasto desprecio contra unos y otros. 

Por Víctor Corcoba Herrero

Hoy el mundo requiere, como siempre, personas de paz; capaces de desactivar odios y venganzas y de construir un orden social verdaderamente justo. Personalmente, siento una enorme gratitud hacia el Papa Francisco, afanado en proclamar un amor reconciliador, de acercamiento entre unos y otros. Es la armonía, la conciliación, el incentivo de sus gestos y palabras. Naturalmente, en su propio acontecer diario se refleja la pobreza de Cristo. Ahí radica, a mi juicio, el entusiasmo de un hombre coherente con sus acciones. Sus palabras siempre cantan todo lo bello, lo hace a través de la alegría del Evangelio, con la ilusión de injertar horizontes que nos fraternicen,  máxime en una sociedad acostumbrada a la exclusión social, a la polarización más indecente y a una desigualdad desvergonzada. Ante estas tristes realidades, recibir un mensaje de esperanza, en un momento en el que se traicionan tantos valores humanos, sin duda es el mejor estimulante vital para una especie pensante. A veces es la falta de ilusión lo que nos hunde, el vivir cada uno para sí, en lugar de para todos. Otras es el delirio, la ambición por el dominio terrenal. Y, en todo caso, siempre la simpleza como abecedario, en un mundo de parlanchines empeñados en demostrar que tienen talento. Por desgracia, olvidamos con frecuencia que la necedad es la madre, y también el padre, de todos los males. Quizás, ante el aluvión de maldades que generamos cada cual, deberíamos aprender a avergonzarnos más ante nosotros mismos, que ante los demás. Precisamente, cuando el Cabeza de la Iglesia católica habla de una revolución de la misericordia, lo que viene a decirnos es que todos, absolutamente todos, tenemos que cambiar en profundidad nuestro corazón, para poder identificarnos con el sufrimiento de los demás. Cuántas veces nosotros miramos hacia otro lado para no ver a los marginados. Tal vez algún lector piense que lo importante no es lo que haga, o diga, un líder religioso como el Papa, sino que es el pueblo, con sus gobernantes, los que han de derribar muros y establecer alianzas. No obstante, nadie me negará que cuando, en nombre de una ideología, se quiera expulsar al Creador de la colectividad, se acaba por adorar a ídolos, y rápidamente el ser humano se pierde, su dignidad brilla por su ausencia al ser pisoteada, y los más innatos derechos son violados sin compasión alguna. Cada día estoy más convencido, pues, que son las convicciones religiosas las que más pueden colaborar en la reconstrucción moral que el planeta tanto necesita. Indudablemente, me refiero a aquellas religiones que rehúyen de la tentación de la intolerancia y del sectarismo, y que promueven actitudes de amor, respeto y diálogo constructivo.

Por consiguiente, el referente del Papa Francisco como servidor del ser humano, nos traslada el compromiso, tan poco usual en estos tiempos que vivimos, en favor del bien colectivo. En cualquier caso, hay algo que nos une a todos, y es el camino de la vida, cada uno con su propia identidad. Así, también nos alegra que, a la expectativa que genera todos los años la participación de los jefes de Estado en la Asamblea General de Naciones Unidas, la cita política internacional por excelencia, este año se le suma la visita del Pontífice y la Cumbre especial para la adopción de la nueva agenda de desarrollo para 2030, en la seguridad de que hasta con su silencio despertará conciencias. Sin duda, es el guía de la reconciliación del ser humano consigo mismo y con el equilibrio ecológico del orbe, que rechaza con firmeza una mentalidad fundada en la confrontación y la rivalidad; promoviendo, sin embargo, una cultura modelada en lo armónico y en los más nobles valores tradicionales. Desde luego, se ha ganado a pulso que se le considere el activista de la cultura del encuentro, de las nuevas oportunidades para la interlocución. Sólo así se pueden superar las diferencias, ya que si importante es asegurar una vida digna para todos, así como la salud del planeta para las generaciones futuras, no menos esencial es construir una sociedad de veras tolerante e inclusiva.

 

Por todos los rincones del planeta llamea el terror. El odio germina en cualquier esquina para desgracia del ser humano. El desprecio por toda vida humana es tan evidente que cuesta asimilarlo. Hay una guerra psicológica entre la misma especie. Parece como que la naturaleza maligna gobernase el mundo. El miedo, la incertidumbre y la desesperanza nos tienen aprisionados. El corazón de muchos moradores ya no puede más. Multitud de personas buscan con desvelo la armonía y no encuentran nada más que tropiezos y divisiones. Todo parece estar desestabilizado. Bajo este desolador panorama cuesta avivar la concordia, globalizar la paz y extenderla como un compromiso diario, valiente y auténtico para fomentar la reconciliación, promover el intercambio de experiencias, la construcción de puentes de diálogo, sirviendo a los más vulnerables y los excluidos.

En una palabra, hay que huir de las contiendas y fomentar una cultura de verbo, donde se conjugue la verdad con el amor, la luz con la poesía, la reunión con la fraternidad. Ninguna vida humana cohabita para ser despreciada. El fin de los sembradores del miedo, no es tanto matar ciegamente, que también, como el de lanzar un mensaje dominador hacia los que considera sus enemigos. Ante esta realidad no podemos permanecer inamovibles. Cualquier ser humano es el bien más preciado, y nuestras sociedades han de entender que el camino del terrorismo no ayuda, es fundamentalmente criminal, y para nada respeta a ciudadano alguno. Su afán es destructor. Además, pienso, que la violencia que busca una justificación religiosa también merece la más enérgica condena por parte de sus líderes religiosos. En todas las religiones, el Creador, es el Dios de la vida y de la paz. Nunca el de las guerras.

El mundo por principio natural se construye, no se destruye. De ahí la importancia del imperio de la ley internacional en la lucha contra las actuales amenazas que desechan vidas humanas. A mi juicio, nuestra respuesta ha de basarse en el respeto del Estado de derecho y en la solidaridad humana como reacción. Resulta humillante ver como malviven algunos individuos y el trato tan degradante que reciben, como si fueran productos de desecho. Por otra parte, demasiado a menudo nos despertamos con actos terroristas, que han de desvincularse de religión, nacionalidad, civilización o grupo étnico, puesto que lo único que persiguen es activar la venganza, sembrar dolor y sufrimiento en todo el orbe.

Cuando una sociedad se encamina hacia el desprecio más burlón, acaba por no encontrar la motivación y la energía suficiente para plantarse. La acogida de todo ser humano es fundamental para la vida social. Cada ciudadano, por si mismo, se merece la consideración de todos. Por eso, cualquier acto despreciativo con la persona jamás es justificable. Sin duda, los tiempos actuales nos requieren una mayor atención al  ser humano ante tantas situaciones horrendas, que nos enseñan los dientes. Si la esclavitud es una materialidad introducida en el tejido social desde hace tiempo, no menos lo es la siembra de terror que algunos practican sin miramiento alguno. ¡No cerremos los ojos ante todas estas fobias! Cualquier vida humana, habite donde habite, tiene una dignidad que se debe respetar. Y, precisamente como ser racional, tampoco debe ser oprimido y mucho menos descartado socialmente.

Ha llegado el momento, pues, de hacer frente a las condiciones que propician la propagación de desprecio a una especie pensante, ya sea con ataques terroristas, comerciando vidas humanas o no prestando auxilio a las mismas. Hay que colocar a la ciudadanía en el centro de nuestros desvelos. Nos hemos acostumbrado a despreciar vidas y éste es el motivo principal de tantos desórdenes. Mal que nos pese, tenemos que escuchar a todos los seres humanos si en verdad queremos contribuir a la renovación y al renacer de una nueva sociedad más fraternizada, lo que requiere una cultura de honestidad que rechace toda forma de corrupción y, de este modo, se fortalezca la capacidad institucional del Estado y la defensa de los derechos humanos.

 

El ser humano necesita pensar, repensar o recapacitar sobre su distintivo valor en un mundo globalizado. Este es el primer deber que ha de considerar cada ser humano, habite donde habite y sea de la cultura que sea. Está en juego la continuidad de la propia especie, la natural familia humana. De momento, algo no funciona, y esto es grave, yo diría que gravísimo. La realidad es bien negra para algunos. No puede haber personas sin acceso a ganarse el pan de cada día, y a poder ganarlo con dignidad. Tampoco puede haber personas oprimidas, esclavas de determinados poderes corruptos, sin camino para poder huir. De igual modo, no puede haber personas que valgan menos que una ínfima cosa y no encuentren corazón que entienda de su agonía. Podríamos seguir mostrando la multitud de calvarios que cohabitan con nuestra época. Basta ya de limosnas sociales, el planeta precisa con urgencia una actitud de cambio, de búsqueda de nuevos caminos más justos y equitativos. Todo estos desajustes tienen un nombre, en lugar de pensar desde la riqueza hay que reflexionar desde la pobreza, ponerse en el lugar de los que no tienen voz y escucharles, invitarles a participar con sus propias palabras para poder salir de las tinieblas. Reconozco que no me interesan para nada, aquellos organismos que ciegos continúan con los mismos despropósitos. Todo ciudadano tiene que tener la posibilidad de vivir dignamente, y mientras esto no suceda y no pueda intervenir activamente en el bien colectivo, carece de interés cualquier proyecto.
Debemos volver al pensamiento aglutinador de la especie en su totalidad, como auténtica familia humana, y como tal debe ser articulada y pensada. Nadie puede ser más que nadie en dignidad, tampoco en deberes ni en derechos, hay que retornar a la centralidad del ser humano, repensando (y recapacitando) en un modo de coherencia y de valor social. La solidaridad, pero entendida como ventana de auténtico amor, debería ser el abecedario universal de todos los pueblos, de todas las naciones. No se trata de dar migajas, sino de cooperar todos junto a todos, por hacer un mundo más hermanado. Esta es la llave. Por desgracia, cuando se pierde el respeto por el ser humano cualquier atrocidad es posible. En cualquier caso, hemos de aceptar que la responsabilidad es compartida, y que no se puede cambiar nada en solitario. Por ello, sería saludable que, coincidiendo con el día internacional de la solidaridad humana (20 de diciembre), activásemos, cada cual desde donde se encuentre, los esfuerzos precisos para modular otro futuro más equitativo, dejando a un lado la siembra de palabras huecas, e impulsando un valiente compromiso de promover un futuro humano para toda la humanidad. No podemos quedarnos tranquilos ante un viejo mundo, que continúa predicando con lenguaje mezquino e insolidario, dejándose mover por los que lo tienen todo. Personalmente, me niego a moverme en este clima de desigualdades que dicen muy poco de la ciudadanía solidaria. Prolifera la degradación, la falta de horizontes para algunos, mientras otros nadan en la abundancia. Si en verdad cultivásemos la solidaridad planetaria, o lo que es lo mismo la inclusión y la justicia social, el mundo sería otro, al menos más armónico y armonioso. Hay que decidirse y hacerse con una actitud más fraterna, de manera que aquellos que sufren, o los que menos se benefician, obtengan la incondicional ayuda de los más beneficiados. No es de recibo entregar migajas. Si en verdad queremos propiciar un acto de amor, hemos cuando menos de predispo-nernos a donarnos sin esperar recom-pensa alguna. No es cuestión de convertirnos en meros asistentes, sino en auténticos hermanos con lo que ello significa de encuentro.

Siempre es bueno hacer memoria de nuestra personal historia de vida, y así, desde esa vivencia poder reflexionar más allá del momento. Al fin y al cabo, todos tenemos tras de sí un concierto de sensaciones que nos interrogan, que nos hacen ver más allá de lo inmediato, y que nos instan a seguir cultivando el pensamiento. Pensar es moverse en las ideas, ahondar en lo que uno vive, sin duda el ejercicio más hondo del sentimiento humano. Para empezar, creo que andamos necesitados de saber, que no sabemos nada, o no queremos saberlo. Algo imprescindible para retornar a la humildad. Ciertamente, produce una inmensa tristeza ver cómo el ser humano se degrada a pasos agigantados. En ocasiones, nos distraen tantos afanes mezquinos, que perdemos hasta nuestra propia identidad. Realmente resulta desolador ver cómo somos víctimas de una gran dictadura, la del pensamiento dirigido hacia unos determinados horizontes de interés para algunos pocos, los endiosados que se creen dueños hasta de nuestras propias existencias. El ser humano cada día está más cerrado, no tiene tiempo para sí, anda como aborregado y perdido, con el corazón en un puño y el drama de la mente que no despierta. Mal que nos pese, esta es la tremenda realidad que imposibilita a abrirse al diálogo, a la autenticidad, mientras otros aprovechando nuestra pensante debilidad, toman las riendas altaneras para lapidar nuestra propia autonomía, la libertad de los pueblos y de las gentes.
Los hay que pretenden expulsarnos del paraíso de la memoria, no les interesa que seamos personas con experiencia, tal vez por miedo a que hagamos valer nuestras naturales vivencias. A propósito, me viene a la memoria una célebre frase del escritor portugués, José Saramago; que, a mi juicio, con acertado criterio, dijo: "somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos; sin memoria no existimos y sin responsabilidad quizá no merezcamos existir". En efecto, precisamos saber de dónde venimos y hacia dónde caminamos, con la concreción de haber vivido para reencontrarnos con sus abecedarios nacientes de nuestro característico obrar. Esto es necesario evocarlo siempre y no olvidarlo jamás para comprender nuestras actitudes más allá de los recuerdos, no en vano, somos el futuro que vamos construyendo uno a uno y entre todos. Lo acontecido en el pasado no es sólo pasado, ha de ser luz para señalarnos qué caminos no debemos tomar y qué caminos hemos de coger. Por lo tanto, siempre es saludable hacer memoria, sin dejarse arrastrar por las ideologías, con la responsabilidad de que perdure en la retentiva de los vivos la continuidad histórica, con sus avances y retrocesos. Que el recuerdo de las tragedias vividas, de la lucha del ser humano contra el poder, que también es la lucha de la memoria contra el olvido, se conviertan para todos en compromiso de adhesión armónico para no arruinar el presente.
Esta es la reinserción, el camino que todos debemos hacer desde nuestra innata memoria, quien dice que no tiene necesidad de llevarlo a término es un desmemoriado o un mezquino. Todos nos equivocamos en la vida. Sálvese el que pueda. Lo fundamental es no estar dormido, inactivo, para poder desandar sendas engañosas. Uno tiene que tener el coraje suficiente para no permanecer estancados, y dar un paso adelante cada día. Nos lo merecemos. Si no hacemos memoria difícilmente nos vamos a poder levantar de nuevo y tomar otro rumbo. Ahí está la crisis de ébola, es más de lo mismo de siempre, otra epidemia más, cuyo objetivo no debe ser aislar a los países, sino erradicar la enfermedad. En este sentido, hay que felicitarse que Naciones Unidas, junto a otras organizaciones internacionales, se mueva a toda marcha, incentivando a la movilización de las comunidades y a inversiones locales para combatir la enfermedad que agudiza la pobreza y amenaza conducir al mundo a la desesperación. La misma Organización Mundial de la Salud estima que los casos de este virus podrían llegar a diez mil por semana en diciembre. Naturalmente en tiempos de tribulación y desconcierto se levanta siempre una nube de dudas y sufrimientos, y no es fácil ir adelante, proseguir el camino, porque uno puede dejarse llevar por la desolación. Por eso, estamos llamados siempre a recuperar nuestra memoria, a hacer memoria, teniendo presente el camino recorrido con su lenguaje de enseñanzas.
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