Columnistas de La Guajira

Víctor Corcoba Herrero

Columna: Algo Más que Palabras

e-mail: corcoba@telefonica.net

A un día de la celebración de la conferencia de la Alianza Mundial para la Educación, a celebrarse en Bruselas los días 25 y 26 de junio, la Unesco acaba de difundir una serie de datos, que cuando menos deben hacernos reflexionar. Cerca de 57 millones de niños y 69 millones de adolescentes en todo el mundo siguen estando sin escolarizar.


Precisamente, en el marco de este encuentro, se hará una llamada a los donantes para que contribuyan a recaudar los 3.500 millones de dólares que se necesitan para financiar la educación en los países más pobres. Ciertamente, el no acceso a la escuela, ni a ningún aprendizaje, debiera ser un motivo de gran preocupación para toda la especie.


Saben las instituciones que para salir de la pobreza, y ante todo de la marginación, pasa por asistir y permanecer en la escuela. El compromiso es fundamental. Las sociedades tienen que mostrar sumo interés en avivar las conciencias de que la escolarización es tan importante como llevarse un trozo de pan a la boca. Por consiguiente, hay colectivos que han de tener una atención preferente, lo que conlleva aumentar el apoyo exterior educativo, como imperativo ético y de desarrollo. Nada más necio, pues, que la ayuda a la educación en el mundo haya disminuido en un 10% desde 2010. Naturalmente, las razones para invertir en la educación no pueden ser más claras.


Está visto que las naciones no pueden prosperar sin una mano de obra educada, sin ciudadanos informados y comprometidos. Por otra parte, la educación permite luchar contra la tremenda desigualdad y mejorar las condiciones sanitarias. Países con niveles de educación más altos son menos propensos a la inestabilidad y a los conflictos, mientras la paridad de género en la educación está estrechamente ligada al crecimiento económico.
Se da la paradoja que aún el derecho a la educación, particularmente para niñas, todavía se deniega a menudo, a veces violentamente y, en otras ocasiones, con la irresponsabilidad de las familias e instituciones.


En consecuencia, nos llena de esperanza y alegría, que se pida un mayor interés por la escolarización desde diversos colectivos internacionales. Bravo por esas gentes de bien, que en medio de los problemas, reivindican el amor por la escuela.En estos tiempos, en que todo se ha globalizado, causa verdadero dolor, que por falta de financiación se ralentice el objetivo del Milenio de lograr la educación primaria universal en todo el planeta. Tenemos que lograr esa meta, la de conseguir que las niñas y niños de todo el mundo puedan terminar un ciclo completo de enseñanza primaria. Por desgracia, el abandono escolar sigue alcanzando cotas altísimas.


Otros niños trabajan a tiempo completo y no tienen ni tiempo para jugar. Hemos de aprender a que mayores y pequeños se apasionen por la escuela. Nos interesa a todos esa apertura al conocimiento, al corazón de la realidad, al alma de los horizontes. Ir a la escuela es algo más que ir a un centro educativo, conlleva abrirnos a otros universos a través de la mente, comprender que todo tiene su lenguaje, y poder alcanzar a vislumbrar que el respeto es preciso en todo lugar de encuentro.


Porque, efectivamente, todos nosotros estamos en camino, poniendo en marcha un proceso de realización, realizando un camino apasionante, creciendo junto al camino, recreándonos con el camino, conviviendo con el camino.De esta manera, en la escuela no aprendemos únicamente contenidos, sino que también asimilamos hábitos y valores. Cuestión vital, sobre todo para adquirir actitudes de discernimiento, para poder abrirnos a la plenitud de la vida.


Con razón, la familia y la escuela jamás van contrapuestas, se complementan y esto es muy importante para poder avanzar. No olvidemos que el futuro está en los niños que van a la escuela, está en su entusiasmo, en las ganas por aprender para contribuir a acrecentar la armonía entre unos y otros.

Todo ha sido impecable. Tal y como estaba previsto en la Constitución de 1978, ha sido proclamado Rey de España, Felipe VI, un rey constitucional altamente formado para su cometido; que, como su padre, también aspira a serlo de todos los españoles. Cumplido este deber constitucional pronunció su primer discurso, verdaderamente esperanzador, en el Congreso de los Diputados, ante ambas Cámaras depositarias de la soberanía nacional, consciente de la responsabilidad que ello supone, pero asimismo con la mayor ilusión. Se ha dado, pues, una lección de democracia y el pueblo, aglutinado en la diversidad, ha tomado las calles de Madrid para celebrar este tiempo nuevo con la esperanza de una renovada época.


Sin obviar a sus antecesores, el nuevo Rey de España subrayó de manera especial que en esta España diversa cabemos todos, y que cada cual tiene su formas de sentirse español. Naturalmente, tuvo palabras de gratitud para la generación del Rey Juan Carlos I, por abrir camino a la democracia en este país. Igualmente, tuvo un recuerdo especial para su madre, la Reina Sofía, por su entrega generosa e impecable al servicio de los españoles. En su nueva apuesta, hizo especial hincapié en que la Corona debe velar por la dignidad de la institución y observar una conducta honesta. Nadie niega que el caso Nóos ha hecho un tremendo daño a la Corona, y precisamente, en este acto de proclamación, la gran ausente ha sido su hermana Cristina de Borbón, que desde hace un tiempo vive apartada de la familia real por la imputación de su marido en el citado caso.


El nuevo Rey constitucional de España tiene claro su objetivo, el avivar proyectos integradores que miren al futuro y que todos podamos compartirlos. Apunta a un profundo cambio de mentalidades y de actitudes más aglutinadoras, porque los sentimientos, no deben jamás enfrentarnos, dividir o excluir, sino comprender y respetar, convivir y compartir. No se puede decir más claro, Felipe VI, no sólo quiere apostar por el conocimiento, la cultura y la educación, tiene la convicción personal de que la monarquía parlamentaria puede y debe seguir prestando un gran servicio como moderador y símbolo de la unidad y permanencia del Estado. La independencia de la Corona, su neutralidad política y su vocación integradora, indudablemente contribuye a la estabilidad del Estado.


Sin nostalgias, pero con un espíritu propio, el nuevo Rey constitucional es una persona sensible y así quiso transmitir su solidaridad con los ciudadanos a los que el rigor de la crisis ha golpeado fuertemente, europeísta, dispuesto a alimentar las ilusiones colectivas reivindicando el papel de su generación, con visión universal en cuanto a convicciones y compromisos, lo que acrecienta la concordia y la esperanza del pueblo.


A mi juicio, lo más relevante es su postura contundente por la autoridad moral, que emana de un comportamiento ejemplar, consciente del deterioro de las instituciones, incluida la misma Corona. En este sentido, quiere ser ejemplo e inspiración, para estar junto a los ciudadanos. Son muchos los retos a los que ha de hacer frente el nuevo monarca, sin embargo no dudamos que su espíritu conciliador de sus frutos. Ahí queda el primer gesto. Lo ha hecho ante Artur Más o Iñigo Urkullu, que apenas han aplaudido su proclamación. El nuevo Rey está dispuesto a atender sus deseos, ahora bien se ceñirá, como se desprende de su discurso, a una Constitución únicamente reformable desde el espíritu del consenso.


El comienzo, pues, de este nuevo reinado para una España distinta a la que se encontró su padre, no ha podido ser más alentador. Nos ha alegrado ante el clima de pesimismo que nos invade. Es la mejor noticia. Confiamos en que no defraude su cercanía a los ciudadanos, el mejor aval para el éxito. Desde luego, la ejemplaridad de la Corona será fundamental para derribar muros y acercar posturas.

Aveces pienso que sólo nos crecemos mediante el recuerdo. Personalmente, suelo acudir con frecuencia al místico perfume del paraíso del alma a saborear lo vivido, quizás para adentrarme con nuevo empuje en lo que me queda por vivir. En esa memoria de añoranzas, servidor también tiene prendida la luz en los abecedarios de un cultivador de verbos, que son auténticas lámparas para el momento presente. Lo fundamental es renacerse cada día. Lo decía muy claro, este clarividente escritor, de nombre García Márquez: "los seres humanos no nacen para siempre el día en que sus madres los alumbran, sino que la vida los obliga a parirse a sí mismos una y otra vez".

Ciertamente, precisamos adaptarnos a los cambios y adoptar la manera de asimilar estas mutaciones inherentes al tiempo, lejos de doquier incivil contienda, poniendo como referencia situaciones injustas que viven diversos personajes de sus relatos o historias de amor cuyos protagonistas son viejos, haciendo crítica de este modo a la idea expandida por la sociedad de que los mayores no pueden amar. Desde luego, el amor no conoce edades, es lo sublime que hay, y es lo único por lo que vale la pena vivir.

En este sentido, el iluminado García Márquez, fue un personaje de hondura, que describió la naturaleza corrupta como pocos, el contexto de los hechos violentos, los rasgos culturales de la especie, hasta inventarse la aldea de Macondo condicionada a diversas circunstancias como resultado del lenguaje ó del mismo nudo de la soledad que impregna la totalidad de su obra, que nos vuelve irreconocibles y solitarios. La respuesta para el intelectual no es la vida, sino lo que acontece en la vida. La multitud de atropellos, de sin sentidos, y abusos. Considero, pues, que sus palabras tienen especial significado hoy para los ciudadanos de todo el mundo. Por eso, aplaudo, que Naciones Unidas le rinda tributo a un hombre de pensamiento claro, que no sólo supo hablar hondo, también descifró los tiempos venideros, sabiendo injertar literariamente la emoción del cambio.
Indudablemente, la imaginación que jamás puede ser aprisionada, como el ensueño de nuestros interiores que todos llevamos consigo, es lo que nos permite caminar. García Márquez pensaba en una "nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra". Realmente, pienso, que tenemos que obligarnos para poder abrazar ese horizonte utópico, donde el ambiente armónico perdure para todos, como también va a permanecer el deletreo de historias como las del novelista, homenajeado asimismo en la 73 edición de la Feria del libro de Madrid, de la mejor manera que se puede hacer, leyendo sus "Cien años de soledad" (8 de junio), una ficción de una familia a lo largo de varias generaciones en el pueblo ficticio de Macondo.

García Márquez se ha ido de este cauce visible, pero el recuerdo lo ha inmortalizado. Sus historias son tan actuales, que llegan a confundirse con las mejores crónicas escritas recientemente, cautivadas con la claridad de un privilegiado poeta fascinado por la palabra. Ha sido un expedicionario de la veracidad, con él la literatura trazó mundos posibles, rutas apasionantes, yo mismo lo descubrí como un sueño y lo digerí como un referente. También aprendí de su obra la capacidad de síntesis sobre los acontecimientos de la vida, sabiendo que la poesía se realza con la palabra exacta y con la humildad del obrero. Y llegué a reconocerme, junto a su nítido lenguaje, que no es posible vivir sin historias. Él creó y recreó la vida a su modo y manera. Llegó al corazón de las gentes, al corazón de las culturas, y hasta, en ocasiones, asumo que escribió para no morir. Pues ha ganado la batalla de escribir, tal vez para acompasar (y acompañar) la soledad que le pesaba muy adentro, y en esto se marchó. Casi sin decir nada.

Los genios siempre nos sorprenden con célebres frases, como ésta, que no puedo por menos que injertarla a este insignificante desahogo: "el mundo habrá acabado de joderse el día en que los hombres viajen en primera clase y la literatura en el vagón de carga". A mí, que tantas veces me ha enseñado a dialogar con él a través de sus obras, me parece que está más vivo que nunca, y que la literatura con su recuerdo, acrecienta el espacio que todos buscamos.

Para Gabo (déjenme llamarle como lo hacen sus amigos, aunque yo fuese sólo un lector anónimo) hay una cuestión de honor intelectual para sobrellevar el ayer: "La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artificio, logramos sobrellevar el pasado". Efectivamente, en el prólogo de ese remoto literario está el futuro que nos espera. Releerlo siempre es saludable, sobre todo para otro mañana que tiene mucho que ver con el deseo del autor de "Cien años de soledad", capaz de proyectar lúcidamente un mundo diverso, bajo la sombra de un realismo mágico.

Sabemos que el uso de la violencia es inaceptable. Ya, en su tiempo, el perenne político y pensador indio Mahatma Gandhi, llegó a decir que "quisiera sufrir todas las humillaciones, todas las torturas, el ostracismo absoluto y hasta la muerte, para impedir la violencia".

Coincidiendo con las festividades del día de la lengua española en las Naciones Unidas (12 de octubre) y con el tricentenario de la Real Academia Española (RAE), se me ocurre reflexionar sobre el lenguaje cervantino en los tiempos de la globalización.

Tenemos que ejercitar otros diálogos más verdaderos, o sea, más integradores interiormente. Está visto que no hay otra manera de solventar los problemas del mundo. Para ello, entiendo que hace falta también otra tipología textual, donde prive menos el discurso y más el hacer ejemplarizante. No es cuestión de sembrar palabras, sino de embellecer acciones con sólidas leyes morales.

Es evidente que la convivencia necesita del aliento ciudadano. Naciones Unidas, con motivo del Día Internacional de la Democracia hoy 15 de septiembre, ha impreso un lema que nos insta a ejercer de demócratas. Por ello, es fundamental contar con un poder judicial independiente.

Confieso que me impresiona el sentimiento de miedo que nos oprime ante tantas violencias que se sirven en bandeja a diario. Deberíamos estar mucho más atentos al mundo en el que vivimos. Andamos perdidos, desorientados, y, en todo caso, lo que amasamos es violencia y más violencia.

Soy el mundo se enfrenta a cuestiones de justicia distributiva como jamás, puesto que cada día son más las personas que carecen de bienes imprescindibles para seguir viviendo. La nutrición, la educación y la salud, que debiera alcanzar a todas las personas, es algo que se le sigue negando a multitud de seres humanos, mientras otros continúan practicando el derroche. A los verdaderos autores de este despilfarro tampoco se les aplica un castigo proporcional a su injusta hazaña. ¿Dónde está esa justicia retributiva para que se sancione ejemplarmente el daño provocado?.

Parece ser que los líderes europeos, ante el alarmante aumento del paro juvenil, han decidido ver la manera de poner remedio a este drama. Como puede suponer el lector, el propósito no es nuevo, pero la situación es tan desastrosa, que debemos pasar del debate a los hechos. Evidentemente, ya va siendo hora de concretar objetivos y de poner fondos específicos para combatir el gravísimo desempleo que sufren los jóvenes. A mi juicio, está bien, muy bien, que se afronte este problema a nivel europeo. Esperemos que la decepción no nos vuelva a sorprender. Con voluntad política se llegará a buen puerto. Ahora bien, si se mezclan intereses y no se dan los instrumentos adecuados, será más de lo mismo. No pasaremos de las buenas intenciones.

En el fondo todos buscamos una buena estrella para ponernos en camino, mientras las horas pasan y los días mueren. Necesitamos sentirnos orientados y llamamos a todos los poderes, visibles o invisibles, para que nos arropen y nos impriman la fuerza necesaria para vivir. Formamos parte de una constelación estelar que nos impulsa a crecer en un cosmos de sueños. Aún no hemos aprendido a descifrar el lenguaje del universo, más espiritual que corporal, y en lugar de ir al encuentro de unos y de otros, nos movemos por los que más fortuna coleccionan. Sería bueno despojarse de los falsos mitos del éxito y trabajar más por poner nuestras propias capacidades intelectuales al servicio de los más necesitados. Pienso que el pensamiento crítico y el razonamiento son las claves para ordenar las cosas, tan desordenadas a veces y contrarias al espíritu del conocimiento.

Esta mundializada sociedad le falta realmente contraer compromisos serios hacia nosotros mismos y también hacia nuestros semejantes. Aspiramos a tener muchos derechos y, sin embargo, incumplimos con multitud de deberes. En un sistema político democrático, nuestra propia vida ciudadana no podrá desarrollarse provechosamente sin la activa, responsable y generosa participación de todos. Las mismas instituciones internacionales deben trabajar con mayor espíritu de compromiso, con una visión más aperturista y de deliberación, para que los grandes temas no queden inmovilizados por pequeñeces que no vienen al caso. Es evidente que las grandes conquistas han sido gestadas desde el debate y consensuando posturas, puesto que todas las propuestas son discutibles y han de ser examinadas libremente. Por desdicha, vivimos momentos en los que prolifera una total anarquía moral. Sálvese el que pueda.