La caída de alias Naín o ‘Bendito Menor’ representa un golpe contundente contra una de las estructuras criminales que durante años han sembrado miedo, extorsión y violencia en comunidades del Caribe colombiano. Es un resultado que debe reconocerse, especialmente cuando detrás de estas organizaciones existen ciudadanos que han tenido que acostumbrarse a vivir bajo la amenaza de quienes pretenden imponer su propia ley.
Según el Gobierno nacional, Naín era uno de los objetivos de alto valor priorizados por las autoridades debido a su presunta participación en actividades relacionadas con narcotráfico, extorsión e intimidación, particularmente en La Guajira. Su neutralización, en el marco de la Operación Centinela de la Patria, demuestra que cuando las capacidades de inteligencia y las instituciones trabajan de manera coordinada, el Estado puede llegar hasta quienes durante años han creído estar por encima de la ley.
Pero este resultado no puede convertirse en una fotografía aislada.
La experiencia colombiana demuestra que las organizaciones criminales tienen una preocupante capacidad para reorganizarse. Cuando cae un cabecilla, otro suele aparecer dispuesto a ocupar su lugar, conservar las rentas ilegales y mantener el control territorial. Por eso, el verdadero éxito de esta operación no estará únicamente en la caída de Naín, sino en lo que ocurra después.
El Estado debe aprovechar este golpe para profundizar las operaciones de inteligencia, desarticular las estructuras que permanecen activas y, sobre todo, recuperar de manera permanente los territorios donde estas organizaciones han intentado convertirse en autoridad.
Porque para un comerciante que paga una extorsión, para una familia que teme denunciar o para una comunidad que vive bajo amenazas, poco importa cuántos delincuentes de alto valor hayan sido neutralizados si el miedo continúa haciendo parte de su vida cotidiana.
La seguridad debe sentirse en las calles y en los hogares, no solamente en los comunicados oficiales.
También merece reconocimiento la labor de los hombres y mujeres de la Policía Nacional que participaron en esta operación. Enfrentar a organizaciones dedicadas al narcotráfico, la extorsión y la intimidación supone riesgos enormes y requiere inteligencia, disciplina y capacidad operativa.
Ahora bien, hacer presencia no significa únicamente llegar con la Fuerza Pública después de que el crimen se ha instalado. El Estado debe llegar antes, permanecer y garantizar que las comunidades tengan instituciones fuertes, justicia efectiva y oportunidades que cierren espacios a las economías ilegales.
La invitación al sometimiento a la justicia debe mantenerse para quienes decidan abandonar el camino de la ilegalidad. Pero quienes persistan en utilizar las armas, las amenazas y el dinero del narcotráfico para someter a la población deben encontrar una respuesta firme, legítima y permanente de las instituciones.
Naín sintió la mano del Estado. Ahora esa misma determinación debe traducirse en tranquilidad para quienes durante años han sentido la mano del crimen.