Columnistas de La Guajira

Andrés Quintero Olmos

Columna: Pluma, sal y limón

e-mail: quinteroolmos@gmail.com
Cuando nos graduábamos del colegio creíamos que todo era posible, nos sentíamos invencibles y el miedo a las nuevas responsabilidades era sólo un medio por el cual crecíamos hacia nuevas latitudes.
Hoy, la mitad de los trabajadores colombianos está en el sector informal, es decir, elude la regulación legislativa y el control fiscal y contable del Estable. Esto significa que esa mitad del país está desprotegida ante riesgos como la enfermedad o la vejez, además de las inadecuadas condiciones de trabajo. La situación es delicada y los políticos han querido históricamente mirar hacia otro lado. Lo preocupante es que, según estudio de Mondragón-Vélez, Peña y Wills (2010), el sector informal crece durante periodos de bajo crecimiento económico y es relativamente inelástico durante los periodos de alto crecimiento. En otras palabras, la informalidad no reacciona mucho al crecimiento económico. Sus causas provienen de variantes más profundas.
Tras casi 7 años de Gobierno Santos está de moda hablar de corrupción como si fuera algo nuevo. Pongámonos a hablar entonces del tema de moda sentando la base de la discusión: Primero, aclaremos una cosa: la corrupción no es culpa de nuestros representantes políticos, ellos actúan a imagen y semejanza de lo que es nuestra  sociedad, llena de hampones.
Pagamos cifras millonarias de dinero para que el gimnasio de la esquina nos adelgace, sufrimos con las dietas que por días eternos nos producen hambre y desmayos, vamos a los nutricionistas más preciados para alcanzar el peso ideal, gastamos en las más costosas y peligrosas cirugías para ser lo que no somos, compramos todo tipo de productos que nos prometen recuperar  nuestra cintura veinteañera y leemos todo tipo de artículos que nos enuncian milagrosamente
El problema de si la refrendación popular es igual a la refrendación parlamentaria radica en que el término “refrendación popular” no está definido en el ordenamiento jurídico colombiano. De buena fe, el Congreso (entiéndase Unidad Nacional) y el Gobierno introdujeron este concepto, pero sin precisarlo, para referirse al plebiscito del 2 de octubre. Ahora bien, como el No ganó en las elecciones, el proceso imaginado quedó patas arriba y Santos ha venido buscando todas las formas de reinterpretarlo y sobrepasar el impase, olvidándose de su promesa que el pueblo iba tener la última palabra. Esta es la realidad detrás del telón.
El Congreso “refrendó” el nuevo acuerdo con las FARC. El forcejeo del Gobierno fue latente ante la inminencia de la entrega del premio Nobel. Todos los congresistas de la Unidad Nacional demostraron nuevamente que no tienen otra convicción que la de enmermelarse o contradecir al uribismo. En esta oportunidad vimos nuevamente cómo el Congreso no representa al pueblo a pesar de ser paradójicamente elegido por este. Ilustrando una vez más cómo las elecciones legislativas en este país son truncadas. Mientras el pueblo en mayoría vota en plebiscito su escepticismo frente al proceso de paz, el Parlamento aprueba casi unánimemente el acuerdo (sin haberlo leído al mejor estilo de Simón Gaviria). Ahí está el desbalance típico de nuestra democracia. El problema es que ahora el Gobierno, junto a su cómplice Congreso, busca deslegitimar el resultado del plebiscito con subterfugios de “nuevo” acuerdo y ratificación parlamentaria. Analicemos por partes esta situación:
En los próximos días, el país experimentará cómo los parlamentarios y el Gobierno desconocerán la voluntad del pueblo. Que el Congreso refrende el nuevo acuerdo con las FARC es una afrenta a la democracia directa que se expresó hace pocas semanas en el plebiscito. Muchos dirán que este nuevo texto es diferente y que la Corte Constitucional le dio vía libre al Gobierno para que escogiera el mecanismo de refrendación que se le diera la gana. Sin embargo, nadie podrá negar que este nuevo pacto es un recalentao del 90% del viejo que fue rechazado en las urnas: el pueblo no dijo que rechazaba el 10% de este, sino que rechazaba su integralidad. Otra cosa es que, a través de un acuerdo nacional, se hubiera podido mantener una parte significativa del anterior. El caso es que el Gobierno prefirió llegar primero a un acuerdo con las FARC que con los del No. Así es el talente del premio Nobel.
Ojalá nos diéramos cuenta de lo cerrada que es nuestra sociedad. Los colombianos no sólo nos excluimos entre nosotros sino que también excluimos lo extranjero. Prueba de esto es que, según datos del Banco Mundial, somos uno de los países del mundo que tiene la menor proporción de gente nacida en el exterior: sólo el 0.2% de los colombianos es nacido por fuera. Si comparamos este dato con el de Estados Unidos o Australia, que tienen respectivamente una proporción de 13% y 20%, nos damos cuenta que somos un país exclusivamente de colombo-colombianos, muy a pesar de que tengamos alrededor de 2.5 millones de nuestra gente viviendo en el exterior.
Cada vez me doy más cuenta que el problema de la democracia no es el nivel de ignorancia política de los votantes, sino la falta de humildad de los que supuestamente no son ignorantes a la hora de convencer.
Ya se destaparon las cartas de la reforma tributaria en Colombia. El cambio más traumático que va a sufrir el estatuto tributario son los nuevos gravámenes al acceso a las tecnologías digitales.
Son las cinco y media de la mañana, un hombre caribeño levantado oye, por su oído derecho, el murmullo de la radio prendida y, por su oído izquierdo, el ruido del fuerte goteo de su ducha.
Éramos una juventud determinada que luchaba contra el tradicionalismo y las supuestas buenas costumbres. Creábamos, todos juntos, un frente común en contra del “mal” que encarnaba el liberalismo económico y el conservadurismo. Leíamos libros como “Las venas abiertas de América Latina” de Eduardo Galeano, y creíamos que el futuro era lo social y no lo privado y pensábamos que el progresismo socialista nos llevaría naturalmente hacia la eficacia e inclusión humana.
Veo a una parte de la sociedad colombiana muy ansiosa por alcanzar a toda costa la paz, tan ávida que estuvo -o sigue estando- dispuesta a sacrificar elementos básicos del Estado de derecho para llegar a tal fin. Sin embargo, el domingo pasado la otra parte de la sociedad le dijo que NO, que así no era la verdadera paz y que, por tanto, había que renegociar lo pactado en La Habana.
Me equivoqué: nunca pensé que algún día las Farc ofrecerían perdón a sus víctimas como lo hizo Timochenko durante la histórica firma del acuerdo. No reconocer que esto sea positivo para el país sería desconocer lo trascendental que es para las víctimas este tipo de declaraciones.
Me equivoqué: nunca pensé que algún día las Farc pedirían perdón a sus víctimas como lo hizo Timochenko durante la histórica firma del acuerdo. No reconocer que esto sea positivo para el país sería desconocer lo trascendental que es para las víctimas este tipo de declaraciones.
A continuación reproduzco algunos extractos del libro “La sociedad civil para la paz” de Jaime Araujo, ex Magistrado de la Corte Constitucional, con el objetivo de presentar una docta opinión, en cuanto al inminente plebiscito, desde la óptica de un hombre racionalmente kantiano y de izquierda:
A continuación reproduzco algunos extractos del libro “La sociedad civil para la paz” de Jaime Araujo, ex Magistrado de la Corte Constitucional, con el objetivo de presentar una docta opinión, en cuanto al inminente plebiscito, desde la óptica de un hombre racionalmente kantiano y de izquierda:
Esta semana he estado recorriendo algunas partes del Caribe en busca de respuestas. Y como siempre las respuestas no llegaron, sino que más bien se multiplicaron las preguntas ante la evaporación de los sueños.
Esta semana he estado recorriendo algunas partes del Caribe en busca de respuestas. Y como siempre las respuestas no llegaron, sino que más bien se multiplicaron las preguntas ante la evaporación de los sueños.
En la democracia colombiana pocas veces ha existido una real oposición al Gobierno de turno. En los últimos 3 años hemos podido observar, a través del Centro Democrático, una permanente -aunque ineficaz- oposición parlamentaria. Esta constante oposición ha llevado a muchos ciudadanos a pensar que el país estaba polarizado.
En la democracia colombiana pocas veces ha existido una real oposición al Gobierno de turno. En los últimos 3 años hemos podido observar, a través del Centro Democrático, una permanente -aunque ineficaz- oposición parlamentaria.
No se puede decir que todo lo contenido en los acuerdos entre el Gobierno y las Farc es bueno, como tampoco se puede decir que todo es malo. Ante este constato, el Centro Democrático (CD) ha perdido la oportunidad ante la opinión pública de mostrarse más incluyente y menos testarudo. Y esto lo digo yo, que he sido uno de los columnistas más críticos con las negociaciones de La Habana.
Unos dicen que es mejor que las Farc estén haciendo política que tirando balas. Obvio. Otros dicen que de igual forma las Farc nunca lograrán ser un partido importante en Colombia porque “ellos echan mucha carreta” y porque no representan a nadie. ¿Qué tal que estén equivocados? ¿Qué tal que las Farc si logren ser, en pocos años, una real alternativa de poder en Colombia?
Cuando nos graduábamos del colegio creíamos que todo era posible, nos sentíamos invencibles y el miedo a las nuevas responsabilidades era sólo un medio por el cual crecíamos hacia nuevas latitudes. Había augurios de buen futuro y el cartón de bachillerato sólo creaba un mundo de expectativas y de libertad, como si todo estuviera a nuestro alcance y fuéramos capaces de aguantarlo todo. Éramos nuestro propio espejismo de infinidad. Era el final de una era que, al fin y al cabo y después de tanto esperar, nos permitiría emanciparnos de nuestros límites y cadenas parentales.
Creo firmemente que el sí en el plebiscito ganará. No sé si lo hará con contundencia, pero seguro que vencerá. La aceitada de la maquinaria electoral será tan histórica que no habrá forma que el No tenga la menor posibilidad de victoria, al menos que haya una destacada reacción popular.
El lunes pasado mi amigo Alonso “Loncho” Sánchez escribió en su columna de El Heraldo lo siguiente: “Cualquier argumento en contra (de la paz), por poderoso que sea, no tiene más fuerza que la necesidad de dejar atrás (...) un conflicto que nos ha (...) (dejado) un reguero de víctimas”. El argumento es muy persuasivo porque nos pone contra la pared: nada es mejor que la “no guerra”, por la sencilla razón que no produce víctimas. Asimismo, todos los argumentos en contra no cabrían por ser jerárquica y moralmente inferiores.
¿Es el humano naturalmente generoso o egoísta? ¿Puede el humano ser incentivado hacia el altruismo? Esa son las preguntas que trató de responder el columnista de The New York Times, David Brooks, en su última columna intitulada “El poder del altruismo”. En ella describe cómo nuestras sociedades occidentales han creído erróneamente que el humano es fundamentalmente egoísta: desde Hobbes que decía que “el hombre es un lobo para el hombre”, pasando por Maquiavelo que argumentaba que el fin justificaba los medios y hasta Freud que calificaba al infante como un ser implacable.
Esta semana propongo irnos para Austria.
En una nación donde casi todo, o mejor dicho, todo se hace a partir de contactos, favores o palancas, pocas personas se abstienen de tener conflictos de interés. Al contrario, los colombianos buscamos todas las formas posibles de estar justamente en el conflicto de interés, es decir, en “la rosca”. Entre más haya en nuestro entorno elementos que mezclen los poderes públicos, económicos y sociales, más nos sentimos realizados personal y profesionalmente. Por eso, el mejor signo social no podría ser otro que el de estar relacionado con su probable fuente de trabajo. Eso es estar en “la movida” en este país.
Colombia es una casa que hoy, a pesar de su trágica historia, desde afuera se ve más o menos bien. Santos se ha dedicado a pintarla cada mes a punto de contraticos por aquí, inexistentes locomotoras por allá y a partir de una eficaz política, diplomacia y titulares de “paz”. Sin embargo, la casa de las maravillas está invadida de termitas y se está pudriendo desde su interior. Un día, y sin ningún signo precursor, la casa se derrumbará mientras algunos estén escogiendo sus nuevas cortinas.