Con el nuevo año, comienza una etapa difícil e incierta en Colombia. Es un año electoral donde no solamente se elegirá a un nuevo presidente, sino que además se elegirá congreso. El balance del poder podría ser alterado de manera tal, que por primera vez podría favorecer a las fuerzas de la izquierda. Parece una posibilidad lejana hoy, pero no por esto puede ser descartada.
La incertidumbre surge porque no se sabe realmente como votarán la mayoría de los colombianos ni cual será la realidad del bolsillo a la hora de votar. Por ejemplo, el aumento del salario mínimo, de quedar en firme, no producirá sus peores efectos sino hasta después de las elecciones. Tiene un efecto de espuma de cerveza. Podría ser demasiado tarde cuando la gente se dé cuenta de que Petro era un loco anarquista y charlatán. Es, además, incierto si la reacción de los empresarios y el Banco de la Republica resentirán la economía lo suficiente como para crear descontento social.
De ganar la izquierda, y con amenaza de constituyente, la democracia, precaria, por cierto, peligraría seriamente. Hasta la fecha, y desde el momento de su posesión como presidente, solo hemos visto y oído simbolismos y discursos grandilocuentes, pero poca o ninguna capacidad de ejecución o planeación, y lo poco que ha hecho ha sido desastroso, sin asidero en la realidad y sin sustento técnico. La realidad va por un lado, y los discursos y los símbolos por otro y totalmente divorciados.
Para crear la ilusión de que las cosas están mejorando, el gasto público se ha disparado y entonces muchos creen que les está yendo bien, sin saber que es a crédito y que en algún momento habrá que pagar la cuenta. La ficción de los logros del petrismo es flor de un día porque no es real y por lo tanto no es sostenible ni siquiera en el mediano plazo. Los más de un millón de personas que Petro clama sacó de la pobreza, caerán nuevamente en ella, y muchos más, cuando la caja del gobierno se quede sin recursos.
Por todo lo que está en juego, es necesario concentrarse en lograr una gran mayoría en el congreso y evitar la llegada de los aliados de Petro a la presidencia, sea Cepeda o Roy. Y para ganar, primero necesitamos la unión de todos los sectores que no sean de izquierda y principalmente, tenemos que construir un mensaje que, dando esperanza, a la vez muestre lo desastroso y perverso que ha sido este gobierno. No funciona seguir diciéndole de todo a Petro. Hay que desmentirlo con cifras y análisis todo el tiempo y comunicando efectivamente; es imperativo desacreditar el discurso de odio de clases y división mostrando que es una leyenda negra de Petro. La pobreza no le sirve a nadie ni los empresarios quieren que haya pobres sino todo lo contrario. Entre más capacidad adquisitiva tenga la gente, mejor nos va a todos. Hay que mostrar con efectividad que las diferencias realmente no son en los objetivos sino en el como llegar a ellos. Petro y compañía creen que es de mano del estado omnipotente que quita y distribuye lo poco que hay; es decir, la misma torta dividida entre más y más personas cada vez, hasta que no le quede nada a nadie. Y otro camino, que cree en la empresa privada, en el desarrollo del talento humano y en el libre mercado y que sabe, y quiere, que tiene que hacer la torta más grande para que todos tengan suficiente para comer.
La historia, y la teoría incluso, demuestran que el estatismo de Petro es incapaz de generar riquezas. Solo sirve para expropiar y redistribuir con ineficiencia y corrupción. El modelo Petro no ha servido en ningún país donde se ha intentado, y mucho menos servirá en Colombia, un país subdesarrollado que tiene mucho camino por recorrer todavía en la creación de riqueza. La gran tarea es educar en el tiempo que nos queda a los votantes.