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Vie, Mar

Siempre la estrategia

Columnas de Opinión
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Mucho se habla acerca del liderazgo en política: que se nace para mandar y eso se nota desde que se es chiquito, en el colegio o jugando fútbol; que, por el contrario, a ser líder se aprende en grandes universidades, en medio de lecturas complejas y debates filosos con grupos de fulanos pedantes; que, ni lo uno ni lo otro: que es la experiencia ganada a punta de sucesivos bautismos de fuego, ante multitudes bravas y adversarios despiadados, cuando la piel se curte y se hace dura, tipo de epidermis necesarísima para poder pensar con claridad y profundidad bajo presión. Porque nadie quiere caudillos teóricos. A lo mejor sea, pues, esta última reducción la más aproximada a la realidad, menos por la cuestión de la dureza que por el pensamiento que sabe llegar a la raíz de los problemas.


Así, en principio, un líder político de valor vendría a ser nada menos que alguien con capacidad de entender a las masas que lo requieren, pero no para ejercer como su vocero simplemente, sino, en verdad, como su intérprete. Ahora bien, un jefe de partido debería ser todavía algo más significante que aquel capitán: no es el maestro de ceremonias al que consuetas le escriben guiones tras el telón a sus espaldas, ni es solamente el oidor del que se espera que traduzca las sensaciones que se le transmiten en ideas tangibles. En últimas, el que manda a los demás líderes, sin exceder la fricción, es un individuo que escribe su propio parlamento; lo perora, no para entretener, sino para convencer y apasionar; y lo ejecuta, en relativa soledad si es menester, o escoltado, si la fortuna tal determina.

Donald Trump en 2016 nos demostró, incluso a los escépticos, que las verdades absolutas de la corrección política se podían romper como cristales ante un tiro. En 2024, el presidente norteamericano demostró, a su vez, que ni los balazos del falso progreso lo podrían parar, y hoy lo tenemos a los casi ochenta años peleándose a muerte por libertades que no son la suya, pero que asume con esa certeza. ¿Cómo llamarle a esta fuerza inspiradora? Podemos ponerle nombres, digamos, en Latinoamérica: Nayib Bukele, en El Salvador; Javier Milei, en Argentina; José Antonio Kast, en Chile. Recuérdese que Trump y esos hombres no salieron de la nada, y que, si existen políticamente, es porque no se limitaron a administrar el disgusto, sino a definirlo y complementarlo.

Álvaro Uribe lo había hecho ya en 2002, antes de su elección, cuando intentaban matarlo día de por medio; y después de ella, al instalar banderas nacionales para inundar las carreteras una vez intransitables, reducir el tamaño de aquel Estado dizque “de bienestar” (del bienestar de los políticos “socialdemócratas”), y hacer hervir del odio a terrucos y caviares por igual, compadrazgo maldito que necesita de un nuevo exorcismo en este año. Y Álvaro Uribe lo hace de nuevo en 2026, a falta de la vitalidad de antaño, esta vez con más habilidad que nunca: con una omisión callada y con una acción notoria, vuelve blanco móvil a la derecha que representa, mediante su compartimentación en dos frentes no excluyentes en lo esencial, y con autonomía de vuelo para sobrevivir por sí solos hasta agotar el oxígeno del enemigo común. Los nervios de la fauna oficialista son el indicador más dulce.
Columna: Toma de Posiciones e-mail: tramosmancilla@hotmail.com