En la tierra del olvido

Editorial
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En la comunidad de San Vicente de Mapuey no hay nada, o eso insisten en asegurar sus habitantes de la etnia Wayú, para denunciar el olvido en que se encuentran. En este desértico lugar, lo que abundan son los reclamos de los indígenas, algunos de los cuales parecen desoídos durante generaciones en Venezuela.


Mientras unos viven de la sal, otros de la yuca y algunos de la artesanía, todos se sienten olvidados por las políticas públicas que, ni en este asentamiento ni en otros del oeste de la ciudad petrolera de Maracaibo, han logrado resolver asuntos como el acceso a agua potable, servicios de salud, electricidad, transporte o gas doméstico.


Como más de 400.000 wayuu, la etnia predominante en Venezuela, esta comunidad recrimina al Estado que sus necesidades sean desatendidas, especialmente dentro de un marco legal que les ofrece garantías especiales desde la Constitución hasta en las múltiples formas de representación en el poder político.


En el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, la celebración en el país fue solo una fecha más, una de la que ni siquiera se enteraron en San Vicente de Mapuey, donde no hay televisores y los habitantes están la mayor parte del tiempo caminando bajo un sol de justicia en búsqueda de agua y alimentos.


Allá no conocen los servicios públicos, no hay electricidad, no hay agua, no hay nada,  y además las carreteras no están asfaltadas, en una  región afectada por apagones y escasez de combustible en la última década.


Esta es una comunidad que está en el olvido. Muchos partidos políticos llegan, prometen y no cumplen, situación a la que hay que añadirle que la falta de  trabajo para los nativos y hasta vean afectado su derecho a la educación por falta de apoyo, por parte de las autoridades locales y nacionales de una ciudad como  Maracaibo, la segunda más importante del país.


En San Vicente de Mapuey la mayoría vive de extraer sal, sacando hasta 200 sacos de una mina cercana y resguardar para venderla, conforme surjan pedidos, y así mantener a su familia, en la que hay como cinco hijos, o eso creen los indígenas. Cada vez que salen de la salina, los hombres caminan como un robot para mitigar el daño que le causa la fricción al andar. Así, cuando es día de faena no hay planes de salida de la comunidad, pues toca caminar unos tres kilómetros hasta el punto más cercano por donde pasa algún tipo de transporte. En otra comunidad mayoritariamente guajira de Maracaibo, el barrio Ziruma, se recibe agua por tubería una vez cada dos o tres semanas, lo que obliga a comprar el servicio cuando la gente se ve "ahogada", un término que se usa muy coloquialmente.

La idea de que las comunidades indígenas están en el olvido no es solo una expresión; es una certeza que los ediles de Maracaibo usan para promover acciones que permitan ayudar a esta población.


Ante esta situación, la comunidad  decidió ir a las comunidades para atender tres temas específicos: desnutrición, escolaridad e identidad, a pesar de no contar con estadísticas sobre el número de afectados pero, se trata de decenas de miles de personas que habitan el oeste de la ciudad.


De otro lado es urgente prestar atención médica y de transporte a estos poblados pues, ejemplifica, cuando alguien de allí se enferma es atendido con brebajes que no sanan sus males y se han visto  casos de niños que han muerto por desnutrición severa y cuadros diarreicos que no son atendidos a tiempo, a pesar de no haber ningún algún dato oficial que corrobore esta afirmación o explique el número de personas muertas por desnutrición en el país.


Los Wayú son personas humanas, también hacen  aportes importantes a la sociedad. Hay en esta comunidad médicos, abogados, docentes, generaciones que han venido trabajando para cambiar el enfoque que tiene la cultura sin descuidar las costumbres ni sus raíces.



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