Columnistas de La Guajira

Jesús Iguarán Iguarán

Columna: Opinión

e-mail: jaiisijuana@hotmail.com
Debido a las armas “depuestas por la Farc,” los colombianos nos encontrábamos convencidos que había llegado para el país la deseada etapa de la paz y que por fin, Colombia había  alcanzado el título de las bendiciones para la prosperidad, pero no, debemos adquirir plena conciencia que día a día el delito golpea deshumanizadamente a esta nación a través de mecanismos criminales de instantáneos resultados desestabilizándonos en percusiones a veces imperceptibles pero de contundente ferocidad y barbarie.
Venezuela inaugura el siglo XX con una economía degradante, las deudas adquiridas a los países europeos se hacía insaldables, tres años de gobierno de Cipriano Castro donde se exaltaba la dictadura se negaba a cancelar los compromisos que este país sostenía con el Reino Unido, Alemania e Italia  hasta el punto que tropas de estos países bloquearon los puertos venezolanos para cobrase sus deudas, incluso Alemania exige por las fuerzas de las armas el cobro de las deudas públicas y fondea sus naves de guerra en las costas venezolanas.
Debido a la infrenable caída del bolívar las estadísticas concluyen que para el 2019 esta moneda caerá en 10.000.000%, lo que significa que la moneda quedará sin valor, en un abrir y cerrar de ojos los precios cambiarían de manera exponencial, la escasez de productos y de trabajo se harán inminentes, los grandes comerciantes no tendrán qué vender, no existirán préstamos bancarios, ni ofertas de ventas, los empleados serán despedidos, los que alcanzaron a adquirir una pensión considerable se le reducirá a una mínima expresión,  ni siquiera los funcionarios podrán estar conformes, por la falta de ingresos.

En una mañana del 2016 el país se levantó con privilegio de que su presidente había sido galardonado con el premio nobel de la paz, para el país y el mundo se hizo plausible la hazaña presidencial. Escudado en este premio se logró el “desarme” del cuerpo terrorista que por décadas ultrajó al país, luego pensamos que las extorciones, los secuestros, los asesinatos, las torturas, amenazas telefónicas, envíos de sufragios, asaltos con arma de fuego, atentados y todas las demás fechorías habían llegado al exterminio total, pero no, aún podemos palpar que son cercanas a nosotros las bandas criminales dedicadas al asesinato, al secuestro extorsivo con fines terroristas, las organizaciones seudomilitares  y muchos otros entes que amparados en la actividad delictiva llegan a convertirse en el mejor instrumento de las pandillas.

 Si, al Estado le preocupa la inestabilidad económica, también debe preocuparle la seguridad del ciudadano, así como se establece de manera inaplazable normas para aniquilar el bolsillo del ciudadano, debe velarse de igual manera por la vida de quien lo elige. Según el anterior Ministro de Hacienda Mauricio Cárdenas un año después de la ejecución de la ley 1819 del 2016 el país recaudará adicionalmente 6.5 billones de pesos.
 Cada campaña electoral tiene para los candidatos un mundo de dinero que, para superarlo, forzosamente se debe acudir a escarbar con monstruosidad el bolsillo de los colombianos.
Por lo general la américa insular ha sido por costumbre la poseedora del comercio de Maicao. Sin embargo, en la década de los años setenta se abrió para este pueblo el comercio con el continente, la Zona Libre de Colón, encontró en esta población una fructuosa vitrina comercial, debido a que muchos comerciantes de esta ciudad panameña vivieron en Maicao y conocían con certeza la amplitud del comercio que este pueblo manejaba, de igual manera comerciantes del lejano y medio oriente radicados en Colón no desconocían el potentado del manejo de mercancías que se manipulaba en esta zona peninsular. Comerciantes hindúes, japoneses, coreanos, chinos y árabes que tenían sus negocios en la Zona de Colón, se acercaban a esta vitrina del caribe a mostrar sus catálogos de mercancías de última moda y los diferentes inventos de la ciencia electrónica.
 Cuando los colombianos pensábamos que había llegado por fin el momento decisivo de acabar con la corrupción, el resultado no tuvo nada de risueño ni de animado. De 35 millones de colombianos aptos para ejercer el sufragio, solo 11.600.000 se acercaron a las urnas, suma que no alcanzó para que este proyecto anticorrupción se hiciera ley de la República. 
El próximo 26 de agosto los colombianos tenemos por cuarta vez en lo que va del año una cita más con la democracia, esta última no será para elección popular, sino para cuestionar o escoger en siete preguntas “el régimen de la corrupción”, el ciudadano debe seleccionar mediante un SÍ o un NO, si acepta o rechaza este régimen.

La Corte Suprema de Justicia llama a indagatoria ex presidente Uribe, por los delitos de soborno y fraude procesal, por presuntamente haber buscado testigos para que declararan en contra del congresista Iván Cepeda, esta llamada ha despertado toda clase de expectativas en los medios de comunicación.

Una razón poderosa me ha obligado hoy a hincar mi pluma en estos renglones debido a que el país fue testigo de un hecho deshonroso que aconteció dentro de la alta cámara de la nación, mientras los nuevos senadores tomaban posesión en el recito de su corporación, uno de sus miembros para demostrar su inconformismo y pedir silencio en el recinto decidió revelar calladamente su trasero, espectáculo vergonzoso, reprochable y carente de urbanidad.

Desde que nos bautizaron con nombre de Colombia, la corrupción ya se paseaba por todo el continente y hoy los funcionarios la llevan impregnada en su labor como un tatuaje inherente.
Todo colombiano que tenga el privilegio de salir a diferentes países, sobre todo del continente, debe mostrar gestos de respeto, practicar buenos modales, y aplicar notablemente la cortesía, es decir, poner en práctica todas las reglas, leyes y normas de la disciplina, la urbanidad, hacer valiosa la cultura y mostrar con afán los buenos hábitos, buscar un vocabulario apropiado e infundir deferencia.
La humanidad debe conservar la paz, como su mejor patrimonio. Jesús Iguarán
El 9 de abril el país fue capturado con fines de extradición exjefe guerrillero Jesús Santrich, al enterase el presidente Santos manifestó enérgicamente: “ no me temblará la mano para firmar su extradición”, lo dijo con tan profundo énfasis que no guardó prerrogativa alguna, ni mucho menos un hálito de temor ni de consideración, hoy la conducta asumida por el presidente, parece que sus palabras murieron al nacer, pues días después manifestó a sus colaboradores que se debe velar por la vida del exguerrillero y por cuestiones de humanidad permitió su traslado de la cárcel La Picota a una sede del Episcopado de Bogotá.

El 9 de abril el país fue capturado con fines de extradición exjefe guerrillero Jesús Santrich, al enterase el presidente Santos manifestó enérgicamente:

En el año 1986 mientras ejercía como diputado en La Guajira, tuvimos una sesión informal en Manaure, (Guajira) con indígenas wuayú. Yo me encontraba como único wuayú entre los diputados presentes, razón por la cual el presidente de la Asamblea de asignó como traductor, tarea que acepté con heroica designación.
No llenaré estos renglones con brillantes palabras de oratoria, porque no presumo de dramaturgo ni poseo el don de agradar a aquellos que se encuentran acostumbrados a leer lo clásico, escribo hoy en idioma luctuoso debido al fallecimiento de unos de los grandes representantes de mi etnia guayú radicado en la ciudad de Santa Marta.
Con el lema de:” Luis Herrera, arregla esto” el candidato del partido Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI), Luis Herrera Campins presidente venezolano (1979 1984) le ganó al candidato de Acción democrática (AD) Luis Piñerúa.

La notable falta de severidad en la justicia ha logrado la evolución de la violencia. Hoy la justicia que se aplica en nuestro medio se encuentra lejos de ser rápida, eficaz, efectiva, y oportuna, porque en la actualidad su pesadez ha generado incomprensión y desconfianza a la ciudadanía que lo margina de colaborar con decisión y entusiasmo en el éxito de las investigaciones por considerarlas engorrosas deficientes, impropios y lentos los procedimientos, por no estimarlas inútiles.

  Estos pasos jurídico paquidérmicos nos ha dado la sensación y en veces la convención, de que ello entre otras cosas, predomina la impunidad e insta al delincuente se establezca con tal poder hasta poseer medios e instrumentos que le permiten organizarse y moverse con más agilidad que los organismos del Estado instituidos para perseguir y castigar al delito. La lentitud jurídica a contribuido a que el delincuente  se encuentra más acorazado en cuanto la ley que lo hostiga y lejos de ser oprimido por la justicia que lo acosa. Este fenómeno contribuye visiblemente a fortalecer una paralización frente al dramatismo de la situación, a su consiguiente aceptación e incluso ha llevado a que algunas porciones de nuestra ciudadanía no involucradas previamente en actividades delictivas, empiecen a pensar en el delito como una forma deseable de vida, incluso aquellos que ya matriculados en lo ilícito se les abra el apetito homicida y comiencen a crear oficinas delictivas.  

  La falta de prontitud en la justicia ha logrado que el ciudadano pierda su valentía, porque teme que si osa en cruzar la barrera y penetrar en el lado oscuro a fin castigar al infractor, encontrándose solo y desprotegido, sin instrumento adecuado y a merced de un monstruo de mil cabezas que lo persigue, lo amedrenta, lo amenaza, lo ataca directa o indirectamente y si no lo atemoriza lo suficiente para que abandone su labor o su patria, lo convertirían en un trágico recuerdo. Cuál es el motivo para que la justicia no se empeñe en proteger a aquel ciudadano valiente y arriesgado que aún cree en el derecho y en la justicia, incluso que ha hecho uso de su profundo valor civil para la protección de las instituciones sin que se convierta en un nuevo mártir, en una cifra más del imparable aumento de la criminalidad.

No sé con firmeza a quién se le pueda atribuir el descalabro de la aplicación severa de justicia,  al legislador, o al juez, lo cierto es que ya hemos completado más de tres décadas hablando periódicamente, si no constante de la justicia, y con más precisión de la crisis aterradora que la agobia. Ya podemos concluir que la ésta no opera, que es supremamente lenta, enclenque, débil y hasta se puede confirmar que es esquiva a la potencialidad del delito. La vemos tan deformada que parece significar cosa diferente y tal vez le atribuimos una acepción incompatible a la suya.

El próximo 20 de julio el país estrena nuevo parlamento y debe tener la responsabilidad de la reforma de una justicia severa, con procedimientos rudos, que no nos toque ver al infractor en la calle porque fue capturado de manera infraganti, que no veamos al culpable de un delito en libertad porque se vencieron los términos, que no nos toque ver al delincuente en la calle porque no es un perjuicio para la sociedad, como tampoco concederle el beneficio de pagar penas en su residencias. La justicia deber ser ciega y castigar sin estratos. Todos deber someterlos entre rejas y no darle parcialidades a los de corbata blanca que trasladan las comodidades de su casa, a la cárcel. Eso es crear estrato carcelario y no castigar con rudeza la falta de libertad. La justicia debe ser semejante a la muerte, no perdonar a nadie.

  Otro flagelo que deben combatir con suprema inclemencia los nuevos legisladores, es la corrupción, empezando que se debe garantizar con transparencia las contrataciones estatales, que sin duda es otro azote que nos agobia y nos ultraja de tan manera que a veces pensamos que nos ha hecho más daños que los grupos subversivos. 

La  situación actual sigue siendo de la más alarmante gravedad y que ha llegado el momento en que la justicia adopte medidas supremas de las cuales penden la suerte de las instituciones y el porvenir de la República.