Un conjunto de problemas

Editorial
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Una controvertida gestión de la pandemia de Covid-19, una prolongada crisis económica, turbulencias políticas permanentes, una agenda medioambiental abandonada y una democracia de baja calidad desdibujan la imagen de Brasil ante el mundo.

 

Esa es la opinión unánime de la oposición brasileña, pero también prima entre diplomáticos extranjeros, representantes de organismos internacionales y empresarios que operan en Brasilia, que se cuidan de decirlo en público, pero no lo ocultan en conversaciones privadas, en las que algunos llegan a calificar la situación de "policrisis".

Para la oposición, la pandemia de coronavirus, que ya ha dejado unos 50.000 muertos y más de un millón de casos en el país, es la última y más gráfica prueba del fracaso del Gobierno del ultraderechista Jair Bolsonaro, pero no la primera. Vale la pena recordar que Brasil es el único país del mundo en que dos ministros de Salud perdieron el cargo en medio de la pandemia y también que el actual, el general Eduardo Pazuello, es un militar lo cual no pasa desapercibido para ningún extranjero, al igual que el negacionismo de Bolsonaro frente al patógeno.

Un flanco preocupante pasa por el comercio internacional, en el que Brasil, pese a ser líder en varios segmentos de materias primas, tiene una participación global que no llega al 2 %. Las ultraconservadoras políticas de Bolsonaro, sumado al abandono de la agenda medioambiental, ponen en riesgo el acuerdo alcanzado el año pasado entre el Mercosur y la Unión Europea y hasta el tan promocionado proceso de ingreso del país a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, Ocde.

En el primer caso, ya ha habido avisos. A mediados de 2019, el Gobierno de Bolsonaro entró en conflicto con Alemania, Francia y Noruega por la preocupación que estos países expresaron con los vastos incendios que devoraron parte de la Amazonía. Los parlamentos de Austria y Holanda ya han recomendado a sus Gobiernos que rechacen el acuerdo con el Mercosur, que fue negociado durante 20 años y solo entrará en vigor cuando sea aprobado por los legislativos de todos los países del bloque comunitario.

También se teme que las consecuencias de la pandemia afecten el comercio en las zonas fronterizas, muy intenso en Brasil, que tiene límites con nueve de los otros once países suramericanos, ya que si Brasil no puede controlar el virus, será difícil reabrir las fronteras y el comercio que dinamiza la economía y el sustento familiar.

El coronavirus ha sido un mazazo para una economía que desde 2017 crece a un ritmo del 1 % anual, pero tras haber perdido siete puntos porcentuales entre 2015 y 2016. Si bien la pandemia tendrá impacto en la economía mundial, en Brasil se teme que supere a la media y estudios de algunos bancos privados ya anticipan una caída de hasta un 15 %, con un desempleo que puede pasar del 12 % anterior a la Covid-19 a un descomunal 25 %, que ahondaría el enorme abismo social que existe en el país;  la consecuencia directa sería una caída en picado del consumo interno, que es el motor económico del país.

Si el escenario económico es difícil, todavía más lo es el político, con una crisis institucional provocada por el permanente enfrentamiento de Bolsonaro al Parlamento y al Poder Judicial.

El líder de la ultraderecha ha llegado a respaldar, con su sola presencia, actos de sus partidarios que exigen el cierre de esos otros dos poderes del Estado mediante una intervención militar. Esas actitudes han llevado a que Brasil tenga hoy una democracia intimidada y amenazada, que hasta parece estar fuera de los límites de la vida civilizada.



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