Es el momento perfecto

Editorial
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Los recientes desastres naturales son, por supuesto, una calamidad con la que cada colombiano debe solidarizarse y este espacio no es la excepción; sin embargo, en el caso del huracán que arrasó nuestro archipiélago queremos ir más allá, el daño ya está hecho. 

Luego de la destrucción viene lo obvio, habrá que atender las necesidades más urgentes de toda la población afectada, terreno en el que el gobierno no ha ahorrado esfuerzos.

Tendrá que reconstruirse la infraestructura básica que permita un nivel de vida en los estándares más esenciales. Lo que no podemos olvidar es el rezago histórico en términos de desarrollo de San Andrés, Providencia, Santa Catalina y los cayos.

Según la visión de muchos economistas y algunos estudios del Banco Interamericano de Desarrollo, BID, las catástrofes naturales pueden ser también oportunidades de crecimiento a mediano y largo plazo. La mayoría de países en los que ocurren, terminan observando incrementos en el PIB relacionados directa o indirectamente con lo sucedido. Aunque las dificultades del cambio climático hacen cada vez más costosas y menos predecibles sus consecuencias de este tipo de calamidades, Colombia aún está a tiempo de aprovechar la coyuntura.

En principio el archipiélago recibirá inversiones robustas por parte del Estado, pero si queremos que a esta medida le siga un crecimiento sostenible que se traduzca luego en más empleos y mejor calidad de vida para sus pobladores, todo este esfuerzo no deberá ser sólo una clásica medida keynesiana en la que un PIB determinado crece a partir del gasto público. Esas inversiones deberían pensarse estratégicamente para que parezcan más una invitación al sector privado para involucrarse y no solo una solución paternalista del Estado que aunque crea resolverlo todo será siempre insuficiente. Al fin y al cabo, los mercados entienden siempre el mensaje. Con aeropuertos funcionales, carreteras cómodas, electricidad estable, agua potable, buenas playas, gente laboriosa, incentivos tributarios y seguridad jurídica, los inversionistas del sector turismo en el mundo voltearían la mirada hacia nuestro archipiélago y en 10 años ya sería mejor de lo que siempre fue.

Es una oportunidad de oro para las inversiones privadas que podrían ver en nuestro clima cálido la estabilidad de sus utilidades, pero también para una región de colombianos que encontraría el círculo virtuoso de las oportunidades jalonadas por nuevos empleos  y por más turistas.  Y es sobre todo la posibilidad del gobierno de turno para ser recordado como el que impulsó el nacimiento de lo que podría ser un icono en la industria gastronómica, cultural y de entretenimiento del Caribe. 

Otros países con menos prestigio internacional lo han hecho, algunos viven exclusivamente de eso, es el momento perfecto para Colombia. 

La clave del éxito estará en dos variables, primero en que las decisiones para reconstruir las islas se tomen con motivaciones de administración pública seria y con una visión a largo plazo. El error sería dejarse llevar por motivaciones políticas y electorales del momento. Las decisiones gubernamentales siempre tienen el componente de afectar a unos y beneficiar a otros y para eso se harán los análisis correspondientes antes de tomarlas, pero luego del huracán Iota se abre un mundo de posibilidades que hace imposible no evaluar ser mucho más visionarios, innovadores y capaces.

La Colombia de hoy no es la misma que la de la tragedia de Armero en 1985 cuando hizo erupción el volcán Nevado del Ruiz. Pero también es cierto que el sector empresarial tampoco es el mismo. Hoy sin duda es más preparado, responsable e ingenioso. Por eso la segunda clave para el buen porvenir de este proyecto país será que en el futuro de los territorios afectados haya más sector público que privado. Tendrá que existir una sinergia dinámica entre ambos pero la estabilidad de la propuesta dependerá de quienes puedan ejecutarla de manera eficaz y eficiente y normalmente esos parámetros no son una camisa hecha a la medida del Estado, sin importar quien gobierne.



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