Estamos a escasos días de elegir un nuevo mandatario para los colombianos, y a pocos meses de iniciar un nuevo mandato presidencialista que ojalá Dios quiera sea diferente al que nos ha gobernado durante los últimos ocho años. Colombia clama por un cambio.
Colombia está desesperada ante tanto horror, tanta violencia, tanta sangre inocente derramada en medio del más corrupto periodo que nos ha tocado vivir, y por si fuera poco, dos veces consecutivas; es el gobierno que le ha dejado la peor imagen a nivel internacional a la nación.
Colombia es hoy ante las naciones del mundo, sinónimo de violencia intestina, de muertes selectivas, de impunidad cuasi total frente al delito, de organizaciones armadas paraestatales, de narcoterrorismo campante, de genuflexión perenne frente a los intereses norteamericanos, de corrupción desde los más altos niveles, con congresistas investigados, detenidos, presos y condenados como nunca antes en la historia, con masacres de campesinos, de indígenas y de población vulnerable, con inconcebibles niveles de población desplazada por la violencia que incide en la prostitución citadina, los brotes de delincuencia por hambre y necesidad, violencia intrafamiliar de todo tipo y deserción de la población escolar de las aulas; Con más del sesenta por ciento de su población en la pobreza y de ellos más del cuarenta por ciento en la miseria muy a pesar de los datos caricaturescos del DANE y la DNP, con la mitad de su población laboralmente activa viviendo del comercio informal, con falsos positivos hasta en los programas de ayuda a los campesinos (AGRO INGRESO SEGURO) y en los de creación de fuentes de empleo y supervivencia (ACCION SOCIAL Y SIMILARES), con organismos estatales inmersos en tareas monstruosas en contra de los derechos fundamentales del ciudadano común, y todo ello, a pesar de las evidencias y sus macabras realidades, ajeno al alto gobierno.
Es hora de pensar y repensar en todo lo sucedido durante este fatídico período para así, como fruto de un juicio de responsabilidades justo, decidir que queremos para el país en el próximo mandato presidencial, si queremos darle continuidad a la realidad apabullante en la que estamos inmersos o votamos por un cambio total en el sistema de gobierno, en sus concepciones frente al respeto por el derecho la vida y demás inherentes a la existencia del ciudadano común, en sus hábitos de manejo del erario público, en sus prioridades ante la disyuntiva de la guerra o la justicia social, ante sus convicciones sobre la soberanía y la autonomía de los pueblos, de las relaciones de respeto, lealtad y hermandad con los países vecinos, que conciba a todos los Colombianos como iguales, humanos y hermanos y no como terroristas, narcos, bandas emergentes, desamparados de Dios, cacaos, bogotanos y paisas.
En nuestras manos está el elegir lo correcto y ello no puede ser más de lo mismo… elijamos a un Presidente a la altura de las necesidades de cambio que afronta Colombia… no más guerras intestinas, no más compatriotas estigmatizados y condenados a desaparecer físicamente, no más desplazados por la violencia, no más hambre ni miseria generadas por la inequidad y la concentración del poder en pocas manos… no más sangre inocente derramada selectivamente, no más concentración del poder político en un solo centro de mandato que genera impunidad e injusticia general… no más saqueos al erario público en deterioro de las oportunidades y los derechos de los pobres y necesitados… votemos por el cambio y cantemos juntos luego: Cesó la horrible noche.