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Lun, Jun

Soberanía, autonomía y nacionalismo

Editorial
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Interesante, extraordinaria la forma como en Colombia se maneja el concepto de la autonomía de los pueblos que determina su soberanía y el mal ejercicio de un desdibujado nacionalismo manipulado en aras de minimizar las flagrantes injerencias de algunas naciones extranjeras en todo lo que afecta al país y maximizar demonizando la de quienes son nuestros vecinos y sufren directamente los efectos de la grave problemática de seguridad, injusticia social y alianzas mortales entre entes del estado y fuerzas oscuras como fruto de la corrupción reinante que trasciende las fronteras y afecta su normal cotidianidad, a diferencia de los efectos que la misma situación genera en las empresas extranjeras explotadoras de recursos nacionales en lo referente a la seguridad de sus inversiones.

Se volvió cuasi normal para los colombianos escuchar al embajador norteamericano, a los congresistas del parlamento gringo y a los altos dignatarios del gobierno USA, opinar y conceptuar incluso desde la misma sede del congreso colombiano con sus posaderas puestas sobre los escritorios de nuestros paladines de las leyes, sobre temas de interés estrictamente nacional y de carácter interno del país con la sonrisa babeante de nuestros altos funcionarios de estado y la cháchara justificadora y complaciente de nuestros medios de información masiva como respuesta ante semejante irrespeto, de esos mismos medios que se vuelven nacionalistas extremos ante un comentario considerado POR NUESTRO GOBIERNO injerencia en asuntos internos del país emanado de un país vecino y buscan declaraciones agresivas de uno y otro personaje de la vida política que ve en esta circunstancia una ocasión feliz de congraciarse con el ejecutivo vociferando y despotricando en contra de aquellos que son nuestros hermanos históricos y que están llamados a ser nuestros mejores y mayores asociados en lo político, lo económico y lo social porque con ellos hemos compartido la historia de nuestros pueblos y compartimos y compartiremos siempre muchos de los componentes de nuestro desarrollo socioeconómico como la seguridad.

La campaña presidencial se ha vuelto un excelente caldo de cultivo para sembrar y generar desde ella, a través de las acuciadas declaraciones de los aspirantes a la máxima investidura nacional, un ambiente enrarecido en las relaciones de Colombia con sus vecinos, al vaivén de los intereses de naciones extranjeras que cada día siembran un nuevo elemento de juicio determinante de malestar, desconfianza y agresiones hasta ahora verbales entre los países hermanos del sur de América, en la búsqueda de resquebrajar los cimientos de unidad surgidos desde UNASUR creados para defender la autonomía de los países suramericanos, su soberanía, las garantías de no agresión por parte de potencias extranjeras que buscan acuciosamente acceder a sus riquezas minero-energéticas creando elementos justificatorios tan falsos y disimiles como los de Irak para apoderarse de su riqueza petrolera, la guerra intestina en Afganistán y Pakistán para controlar la producción de minero energéticos del sector y muchos otros ejemplos olímpicamente ignorados por nuestros gobernantes que siguen haciéndole el juego a estos leviatanes modernos que solo piensan en su beneficio sin tener en cuenta las mortales consecuencias que las guerras crean en los países objeto de sus injerencias, como Colombia y sus vecinos limítrofes en este momento.

Debemos analizar con mesura antes de elegir un nuevo presidente, y mirar el ángulo desde el cual cada candidato mira la situación de Colombia ante el mundo, su desprestigio institucional, su negra carta de presentación ante las organizaciones de Derechos Humanos, su desviación significativa de las obligaciones constitucionales y la violación constante de sus preceptos sobre todo aquellos que hablan del derecho a la vida y honra de sus ciudadanos, a la libertad de expresión, a la salud, a la educación y otros de los cuales casi nada queda en este fatídico mandato que al fin culmina.

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