Con la cruz de ceniza en la frente, después del entierro de Joselito, los fieles devotos de las fiestas de Momo y Arlequín damos por terminada la rumba de comienzos de año y nos dedicamos a labores cotidianas sintiendo aun el maltrato que en el cuerpo y los bolsillos nos dejó la temporada.
Pero, este año, estamos en medio de un año electoral con campañas de aspirantes al Congreso y a la Presidencia de la República, lo que constituye otra etapa de rumba pero política, con música callejera en vehículos de perifoneo y propaganda, festejos anticipados en los comandos de distintos candidatos, y las calles, los muros, los postes del Además de las vallas tradicionales, muchos vehículos particulares con propaganda, repletos de afiches, imágenes, logo símbolos, y cuanta forma publicitaria existe generando un alto nivel de contaminación auditiva y visual que desluce y perturba la ciudad.
Es la época de las promesas, los compadres, los amigazos, los abrazos de oso, los mensajes vía celular, las visitas inesperadas, la familiaridad supra manifiesta. Mucho tilín y nada de paletas. Analizando las propuestas programáticas de los candidatos nos enfrentamos a una sensación de vacío argumentativo y propositivo que asusta; vemos aspirantes a curules del congreso que no conocen el medio legislativo, sin ninguna experiencia en instituciones ó corporaciones de la rama legislativa llámense Instituciones Edilicias, Concejos Municipales o Asambleas Departamentales, tampoco son egresados de ninguna escuela de Derecho, y algunos, de ninguna modalidad académica, y aun así, intentan ocupar un sitial en los organismos legislativos de mayor rango en esta rama del Poder Constitucional Colombiano. Es hora de corregir antiguos errores y comenzar a decidir con responsabilidad a quienes vamos a llevar a tan altas dignidades, para acabar con el triste espectáculo que nos han brindado los congresistas en los últimos períodos, donde encontramos a muchos investigados y sancionados con pérdida de su credencial y algunos condenados a cárcel por nexos con la delincuencia en cualquiera de sus formas.
Al país le tocó presenciar el pobre espectáculo de ver a ministros de despacho negociando en el sagrado recinto del Congreso el apoyo al Gobierno para sacar adelante sus proyectos legislativos a cambio de dádivas que generaron situaciones como el Yidis-Cohecho, aberración jurídica de ingrata recordación y mucho daño para la institucionalidad colombiana.
Estamos en medio del proceso que trata de imponer a los colombianos, valiéndose de todas las contravenciones e irregularidades jurídicas denunciadas por los entes de control, las altas cortes y por todos aquellos que no apoyamos este atropello contra la institucionalidad, la continuidad en el poder de una administración fracasada en el manejo de la economía nacional, que propició por acción u omisión el crecimiento desmesurado de la corrupción.
Esta situación a todo nivel ha llevado al país al caos institucional, político y económico, que institucionalizó el desangre del sector salud a través de la improvisación y del accionar de las ARS, EPS, IPS y demás intermediarios en la administración y prestación comercializadas del sagrado servicio de la salud; que permitió el auge de organizaciones armadas que bañaron de sangre al país impunemente, mientras le cerraba todas las posibilidades de solución dialogada al conflicto interno de cincuenta años que enluta a una de cada tres familias populares colombianas. Este ha sido un gobierno pleno de imprevisiones para las acciones de beneficio público pero muy efectivo para crear situaciones fiscales, contractuales y legislativas que favorecen a la elite financiera y sociopolítica nacional, todo lo que constituye, innegablemente, otro carnaval, pero nocivo para el pueblo colombiano.