La Guajira es una extensa porción de tierra que ilumina, con su fulgurante figura, el mapa hemisférico. En el seno de su "rostro" confluye una amalgama de paisajes extravagantes que invita, a propios y extraños, ser asiduos visitantes de su núcleo natural. Centro turístico naciente, es, sin embargo, un lugar donde, en los últimos tiempos, transitan sin mayor reparo, una inusitada violencia que día a día amenaza el buen transitar de su colectivo societario.
Hoy por hoy, es costumbre hablar de cuántos muertos amanecieron en Maicao, o en su defecto, en Riohacha o en el sur del departamento. La tarea de contabilizar, día a día, la lista de difuntos: dos, cinco, siete o más, tipifica la magnitud del problema, que desafortunadamente, crece a pasos agigantados; no será que este crecimiento es gracias a la no presencia de la "seguridad democrática", o será que su aplicación no es más que un "falso positivo".
Dilucidar la presencia de la doctrina del ubérrimo, no es tarea de unos datos estadísticos ni mucho menos de una ecuación matemática que indique el número de muertos por el número de capturas. La presencia compleja de la violencia radica en su eje nuclear: violencia llama violencia.
Combatir el hecho violento con elementos de su textura, es descartar de un solo tajo, la presencia del factor humano y su única posibilidad de salvación: ser reconocido como una entidad dinámica y de desarrollo existencial.
Precisamente dentro de esa dinámica, que ejerce todo individuo humano, es donde debe fluir la posible solución del problema cuyas dimensiones son insospechadas. Sin embargo, no está claro cuál es el principio y el fin del evento. Lo único cierto es que, la "seguridad democrática" para combatir el fenómeno violento en el campo, aplicó, con rigor, todas las herramientas posibles que le brinda su eje nuclear, y cuyo efecto de metástasis se observa en las zonas urbanas del país.
Pero quizá la parte más grave, es la presencia de la doctrina como fórmula de salvación en la agenda de aquellos que aspiran alcanzar el pedestal presidencial. Tema sensible, sin duda, que involucra a unos pocos en la toma de decisiones para erradicar el mal que es la viva expresión de nuestra estructura como Estado.
Las voces que se pronuncian en contra de la doctrina se multiplican, por millones, en el territorio nacional y fuera del mismo. Pero este "estado de opinión" no es válido para aquellos que ven a la "seguridad democrática" como la salvación. La historia está preñada de circunstancias parecidas y cuyo final está lleno de tristezas y melancolías. Pero la discusión se ahonda en la medida que las propuestas son equilibradas o en su defecto no equilibradas. Buscar el orden, en el mismo, es imposible, aquel se encuentra en el núcleo del desorden que, a través de su dinámica, expresa los matices del orden. Pues bien, uno de esos matices, es el de precisar que la violencia llama a la violencia y ese es el eje de la doctrina democrática, por consiguiente es un exabrupto invitar su presencia en las distintas arterias urbanísticas del departamento. Es como echar gasolina al fuego.