Columnistas de La Guajira

Cecilia López Montaño

Columna: Opinión

e-mail: cecilia@cecilialopez.com
La buena noticia de esta primera vuelta es sin duda el golpe que ojalá sea definitivo a esa clase política, arrogante, prepotente, egoísta, excluyente, corrupta y todo lo demás. El voto por el cambio es absolutamente contundente así se interprete de distinta manera por lo votantes de Petro y de Hernández.
En estos días he recordado a mi padre por su insistente llamado a no usar palabras inadecuadas y a velar por el manejo correcto del lenguaje. Formado en el Seminario de Popayán, era un hombre culto, ponderado y sobre todo cuidadoso en el uso del español. Me inculcó que una de las grandes características de este país era ser reconocido como el que mejor manejaba nuestro idioma dentro de los países latinoamericanos. Para los que crecimos con esas ideas, muchas series en español nos siguen sorprendiendo por muchas de sus expresiones que obviamente respetamos, pero no siempre compartimos.

Lo único que no necesita esta campaña presidencial es más ruidos de los que ya se han venido produciendo y que tienen preocupados a amplios sectores de la sociedad. El poco o mucho optimismo que se empieza a expresar en sectores de la población tiene mucho que ver con el fin de este gobierno y con la posibilidad de una renovación de estrategias, de estilo y sobre todo de prioridades.

El país no logra salir de la crisis social que venía pero que se agravó con la pandemia. Eso es cierto como también es verdad que la recuperación de la economía que los empresarios y el gobierno celebran con bombos y platillos no solo no genera empleo, sino que tampoco logra empezar a reducir al ritmo que debería, la angustia que viven actualmente la gran mayoría de los colombianos. Así el subdirector de Planeación Nacional, un hombre inteligente y bien intencionado se ponga bravo, la verdad es que las cifras disponibles del Dane, entidad del Estado, muestran que Colombia tiene el 72% de la población en pobreza o vulnerabilidad. Por enésima vez, eso quiere decir, que tres cuartas partes de nuestro país o tienen ingresos por debajo de lo mínimo necesario para atender sus necesidades básicas o sencillamente apenas las cubren. Esto es una tragedia nacional que no parece conmover a nadie ni siquiera a los que aspiran a la presidencia de la República, como si este no fuera su mayor desafío.

Ahora sí tienen razón los economistas. La nueva reforma tributaria que está lejos de ser una revolución social es simplemente la forma de sobreaguar con limosnas para sectores empobrecidos y darles algunas señales de mejor manejo fiscal a las Calificadoras de Riesgo.

Aunque muchos no lo crean esta no es una pregunta irrelevante. Faltan 14 meses para que se produzca un cambio de gobierno y la situación actual es de tal gravedad que es necesario hacer esta reflexión.

Lo ideal sería que este país no dependiera de lo que sucede en un solo partido, el de gobierno, es decir el uribismo para ser precisos. Pero desafortunadamente los otros desaparecieron del escenario nacional porque su clientelismo, su corrupción, su falta de verdaderos ideales y la mediocridad de su liderazgo los borró definitivamente del debate nacional.

Colombia está enfrentando la más crítica convulsión social de su historia reciente. Y son precisamente los jóvenes los grandes protagonistas, quienes han salido a mostrarle a sus dirigentes que no están dispuestos a que continúen ignorando su responsabilidad de hacer de este país una sociedad más justa y equitativa. Basta ver las últimas cifras de pobreza, ya inadmisible en un país de ingreso medio alto como Colombia, 42%, que ha caído de manera desproporcionada sobre los jóvenes. Entre la población menor de 25 años, 50.7% son pobres seguida por los menores de 35 años, 50,4%. No es un tema de una región, es todo el país el que está viviendo estos hechos sin que se vea el camino de la salida que corresponde. Es en este contexto tan complejo, tan doloroso, donde es necesaria la prudencia, el reconocimiento de que no se pueden generar condiciones que deriven en más hechos lamentables. 

En esta sociedad donde una minoría le atribuye a las mafias y a Maduro la dimensión de los paros, sí hay un acuerdo generalizado sobre el crítico momento que vive el país. En El Tiempo, no precisamente un periódico de oposición, columnistas como Carlos Caballero reconocen esta realidad y la califica como "una explosión sin precedente" y Lucy Nieto de Samper anota que el país está "al borde del abismo."  Así el presidente Duque no lo admita y menos la gente que lo rodea, la gobernabilidad está en su punto más bajo y se enfrenta a una crisis política, económica y social de una dimensión que este país no había vivido en décadas. Ahora se agrega a esta realidad lo vivido en Cali que dejó ver la catástrofe en que puede convertirse esta situación: los colombianos matándonos entre sí ante un Estado débil e impotente. La conclusión obvia es que la salida ni es más de lo mismo, señor presidente y mucho menos es seguir con los mismos. 

Un medio de comunicación de Barranquilla publicó una nota en su edición dominical donde presenta lo que está sucediendo en Sincelejo y plantea que el Covid-19 llega a esta ciudad cuando su situación ya era crítica.

Luis Guillermo Echeverry, Luigi para sus amigos, no ocupa ningún cargo público fuera de ser miembro de la junta directiva de Ecopetrol, y tampoco ha sido elegido en ninguna posición del Estado colombiano.

El departamento de San Andrés, Providencia y Santa Catalina es parte de la Región Caribe, y por ello, sí es de nuestra incumbencia lo que está pasando en esa parte del país. Esto lo olvida con frecuencia la clase política, especialmente nuestros dirigentes que deberían tenerlo mucho más dentro de sus agendas. Por ello, no sorprende el olvido en que están actualmente estas islas porque no es la primera vez que el gobierno central las ignora.

Muchos afirman con una mirada simplista o más bien realista, que si Macías pudo ser presidente del Senado cualquiera puede llegar a ocupar esa altísima posición. Eso es cierto, pero partir de esa premisa precisamente en estos momentos es supremamente grave.
Las ideologías o facciones políticas por lo general se apropian de patrones conceptuales, o los crean para favorecerse o atacar a sus oponentes. Estereotipos que ajustan a su conveniencia e intereses. Uno de esos paradigmas de moda, al que se pretende achacar los descalabros electorales de la izquierda latinoamericana, es al comportamiento de la clase media en las urnas.
Algunos medios de comunicación han afirmado que los empresarios han decidido proteger al presidente Duque ante el pánico de que el fracaso de su gobierno le abra las puertas a un gobierno de Petro, es decir de la izquierda. Obviamente están en su derecho, ni más faltaba, pero lo que vale la pena preguntarse es primero, si su estrategia actual les está funcionando y segundo, si han medido las consecuencias de la forma como expresan su respaldo al gobierno, sobre la población en general.
Nada más serio para una sociedad llena de retos, de problemas anclados en su historia, de nuevas demandas sociales, que sufrir una severa crisis de liderazgo. Es como perder la brújula en medio del desierto; es como no identificar no solo un norte sino una ruta que defina sus acciones presentes y futuras.
Una de las tareas más complejas pero una de las más importantes de un presidente de la República es coordinar a los miembros de su gabinete de manera que no se generen confusiones dentro de la opinión pública.

La expresión pacífica de lo que sienten los ciudadanos, de sus demandas por una sociedad mejor, son parte de la democracia.

Las reacciones del gobierno y de su partido ante la muerte de 8 niños en el operativo militar en San Vicente del Caguán, confirman que el Centro Democrático es realmente una secta.

El desconcierto que ha generado la convulsión en Chile es la oportunidad para que aquellos que se sentían dueños de la verdad y que han impuesto sus ideas durante décadas escuchen unas cuantas verdades que no quieren aceptar.

Los economistas hemos demostrado nuestra incapacidad histórica para hacer proyecciones y nuestra habilidad para el análisis del pasado. Reconociendo esta limitación, me atrevo a pronosticar lo que sucederá el lunes después de las elecciones de mandatarios regionales el próximo 27 de octubre.
Los colombianos están cada vez más desconcertados. Se preguntan cómo es posible que no se supere una sorpresa por un hecho desafortunado que deja mal parado al país, cuando aparece otra, mucho más grave, y que no logra explicarse. Pensar cómo reacciona un país con instituciones fuertes y con una democracia sólida sería una manera de medir la dimensión de lo que está pasando.

Para ponerlo en plata blanca, el país está consternado por las dimensiones de violencia física y verbal que caracterizan el actual proceso electoral para elegir mandatarios regionales. La pregunta es dónde ha quedado el ambiente de paz que se suponía permitiría que estas elecciones fueran las más civilizadas y democráticas de la historia colombiana reciente. Pero no. Asesinatos de líderes que el gobierno no controla; asesinatos de candidatos que habían pedido apoyo ante las claras amenazas de muerte; decenas de jefes de campaña amenazados; pueblos enteros en pánico.

Es una realidad que las universidades privadas de Colombia se están enfrentado a un decrecimiento en la matrícula de nuevos estudiantes lo cual las pone en una compleja situación financiera.

La última encuesta realizada en varias ciudades del país arroja un crecimiento impresionante en los niveles de rechazo a los migrantes venezolanos por parte de los ciudadanos colombianos.

En esta semana se debatirá en el Congreso de la República la moción de censura contra el Ministro de Defensa, Guillermo Botero.

Los datos que aparecen en el último informe del Dane de mayo titulado “Pobreza monetaria y multidimensional” demuestran que Colombia tiene que volver a poner la pobreza y la concentración de ingresos entre sus grandes prioridades.

El presidente Duque, el gobierno y el país, están pagando las consecuencias de haber subestimado—en un nivel nunca visto en Colombia—la importancia de nuestra representación diplomática en el mundo y en los organismos internacionales.

En medio del ambiente pesado de estos días en el país, también están sucediendo hechos que dan luces de esperanza sobre la posibilidad de cambios.Si algo ha caracterizado a la sociedad colombiana es esa vergonzosa estratificación social, que a pesar de avances en indicadores sociales innegables, estos no logran cambiar las prerrogativas de que goza ese pequeño círculo de personas que no solo lo tienen todo sino que siempre quieren más.
Cada decisión que toma el presidente Duque en el campo de las relaciones internacionales es una prueba del pésimo manejo de su gobierno en este delicado campo.