La otra cara

Editorial
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La situación de Cartagena, es muy parecida a la mayoría de las ciudades de la Región Caribe, que sufren por las carencias en materia de salud y de protección a sus habitantes.

Cartagena está ahora en la mira del gobierno por su comportamiento ante la pandemia; la rutilante Cartagena de Indias, promocionada ante el mundo como la joya del turismo en Colombia, revela su cara oculta por el coronavirus, la de una ciudad desigual, con elevados índices de pobreza, desangrada por la corrupción y con un sistema de salud insuficiente.

Desde que la mayoría de sus casonas coloniales y republicanas fueron transformadas en lujosos restaurantes, exclusivos hoteles y bares para turistas, los cartageneros sienten que el centro histórico ya no les pertenece.

La otra Cartagena, la que no visitan los turistas y vibra con su herencia africana que se desborda en los bailes al ritmo de la champeta, es la misma, que, describen otros ojos, unos cinturones de pobreza y de miseria con una mayor carga poblacional. En esta gran zona, más del 60 % de las personas que trabajan lo hacen en la informalidad; es decir, son cientos de miles de hombres y mujeres que trabajan en el día a día y eso obviamente tiene como consecuencia que la gran población de la ciudad viva en la pobreza.

Dentro de esa Cartagena hay otra con muchas más dificultades, una que vive en la franja de la miseria, sin acceso a los servicios públicos básicos y en casas construidas con restos de chatarra, plástico y madera, a veces en calles de tierra por las que también corren las aguas negras por la falta de alcantarillado.

Según un estudio del programa Cartagena Cómo Vamos, la ciudad tiene los mayores índices de pobreza entre las principales ciudades colombianas y el 26 % de sus más de 900.000 habitantes vive en la pobreza.

La desigualdad en Cartagena está instalada desde sus orígenes; sus habitantes mayoritariamente afrodescendientes siempre han estado en desventaja frente a una minoría mestiza, menos negra, que siempre ha gozado de las oportunidades educativas y laborales.

Otro gran problema de Cartagena es la corrupción que hizo que por el Palacio de la Aduana pasaran ocho alcaldes desde 2012, destituidos o inhabilitados, e incluso
uno de ellos, fue a parar a la cárcel. Todo esto, dejó a la ciudad prácticamente en la ruina y con numerosos procesos judiciales.

Las desigualdades sociales de la ciudad, acrecentadas en las últimas décadas por la llegada de miles de familias desplazadas por el conflicto armado y de
inmigrantes venezolanos que huyeron de la crisis de ese país, han hecho de Cartagena un caldo de cultivo para los contagios de la Covid-19.

Cartagena pone una cuarta parte de los muertos en Colombia, no solo por las comorbilidades que tienen los pacientes sino también por la deficiencia que se
tienen en materia hospitalaria que es supremamente preocupante. La ocupación de las unidades de cuidados intensivos de la ciudad ya superó el 86 %, lo que
significa que si el contagio de la enfermedad se sigue propagando no se tendrá camas en UCI y lo grave es que según datos del Instituto Nacional de Salud, INS,
hasta el 1 de junio Cartagena tenía 3.037 casos confirmados de Covid-19 y 140 fallecidos.


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