07
Mié, Ene

Columnas de Opinión

Uno vive y debe desvivirse por vivir en comunión y en comunidad. Así, para un ser con corazón, todo lo que le circunda forma parte de sí y se vincula como genealogía, sustentado el nexo en la mutua lealtad  y en el recíproco acatamiento. La humanidad debe concebirse como una estirpe adherida e inseparable, sustentada por la unidad colectiva, de la que no puede desligarse, ya que todos formamos parte de ese viviente poema interminable cargados de lenguajes diversos, pero bajo un solo pulso, el de la armónica existencia, a pesar de nuestro fondo de debilidad humana y de nuestra manera frívola de reconocer la vida. De ahí la necesidad, en este orbe globalizado, de que seamos promotores y animadores de solidaridad y respeto por la dignidad humana y los derechos fundamentales.

Terminé de leer en estos días un librito de poco más de doscientas páginas que destiné, sin proponérmelo, para consumir en situaciones de espera, como las de los aviones y aeropuertos. Tinta invisible es su título, y su autor es el español gallego Javier Peña. Es un ensayo amigable acerca de las personalidades de escritores famosos, y otros no tanto, que sirvieron de base para las anécdotas que les sucedieron, más allá de si están vivos o no. También, y en un paralelo desordenado, es una especie de bitácora de despedida, póstuma, del autor respecto de su fallecido padre, con quien aquel compartió la gula por los libros y las historias, además de lo obvio. La obra no es nada del otro mundo y puede ser perfectamente olvidable, pero era lo que me atraía en las penumbras del tiempo perdido.  

Como se recordará la Constitución de 1991 consagró como propósito la autonomía territorial, pero, hasta ahora, no se ha concretado. Como “el anhelo era una distribución equitativa de recursos entre la nación y los territorios...la ecuación debía ser 50%-50%...finalmente nos quedamos con el compromiso de alcanzar el 47% para las regiones. Sin embargo, las reformas constitucionales de 2001 y 2007 desvirtuaron este pacto, al llevar el traspaso a un lamentable 24%”, señala Eduardo Verano de la Rosa.

La vida, lineal en algunos aspectos, está signada por muchos ciclos asincrónicos. El cambio de año representa el final una fase y la oportunidad para replantear la vida; siempre hay dos hechos significativos: el rito para despedir el año finiquitado y recibir al venidero, y el cúmulo de promesas después incumplidas de corregir rumbos extraviados y limpiar los espíritus. En Occidente, el ritual se repite cada 31 de diciembre; uvas, lentejas, maletas, ropa interior de distintos colores para atraer dinero, amor, suerte o salud, la quema del año viejo para espantar males y las cenas propias de cada país. 

Inicio estas últimas líneas de 2025 con el deseo, ya incumplido, de que los colombianos hayan podido encontrarse en familia alrededor del mensaje de paz de Belén, aunque el odio y la violencia aún aniden en los “hombres de mala voluntad”. 

La descomposición económica del país, reflejada en niveles históricos de deuda y déficit fiscal, está enmascarada por la revaluación del peso que, por cierto, no se debe en nada a la gestión del gobierno, excepto en lo malo. El peso está más fuerte por factores externos y globales, entre ellos el debilitamiento del dólar y su erosión como moneda refugio, pero también por el aumento sustantivo de las remesas y tres bonanzas simultáneas,