05
Lun, Ene

Columnas de Opinión

La vida, lineal en algunos aspectos, está signada por muchos ciclos asincrónicos. El cambio de año representa el final una fase y la oportunidad para replantear la vida; siempre hay dos hechos significativos: el rito para despedir el año finiquitado y recibir al venidero, y el cúmulo de promesas después incumplidas de corregir rumbos extraviados y limpiar los espíritus. En Occidente, el ritual se repite cada 31 de diciembre; uvas, lentejas, maletas, ropa interior de distintos colores para atraer dinero, amor, suerte o salud, la quema del año viejo para espantar males y las cenas propias de cada país. 

Inicio estas últimas líneas de 2025 con el deseo, ya incumplido, de que los colombianos hayan podido encontrarse en familia alrededor del mensaje de paz de Belén, aunque el odio y la violencia aún aniden en los “hombres de mala voluntad”. 

La descomposición económica del país, reflejada en niveles históricos de deuda y déficit fiscal, está enmascarada por la revaluación del peso que, por cierto, no se debe en nada a la gestión del gobierno, excepto en lo malo. El peso está más fuerte por factores externos y globales, entre ellos el debilitamiento del dólar y su erosión como moneda refugio, pero también por el aumento sustantivo de las remesas y tres bonanzas simultáneas,

En estas fiestas decembrinas, cargadas las mismas de gratos recuerdos para algunos, donde se han alcanzado grandes metas, propósitos y se han hecho realidad muchos anhelos, mientras otros no sienten los mismos gratos recuerdos, algunos por la pérdida de algún ser querido, pérdida del empleo o cualquier propósito no alcanzado.

Ad portas del cierre de 2025 y, como cada diciembre, La Guajira se viste de colores, música y esperanza. Es el momento en que las familias se reúnen, los amigos se reencuentran y los visitantes llegan con ilusión de descubrir nuestra tierra mágica. Sin embargo, no podemos ignorar que terminamos un año marcado por tensiones, bloqueos y una sensación de incertidumbre que ha afectado la movilidad y la confianza en nuestro territorio. Hoy quiero invitarles a algo distinto: a regalarle a La Guajira una pausa, un respiro que nos permita disfrutar con tranquilidad y seguridad estas fiestas.

Estamos llamados a reunirnos y a unirnos, a vislumbrar y a testimoniar esta presencia en un orbe frecuentemente distraído, hasta el extremo de dejarse corromper y no dejar que resplandezca en nuestra existencia la luz que iluminó la gruta de Belén. Con demasiada frecuencia, olvidamos que construir un mundo más celeste que terrícola, sólo es posible si la perversión no se interpone en nuestros andares, lo que requiere poner alma más que armas y mística poética más que política mundana. Vuelva a nosotros ese espíritu cercano y abandonemos por siempre aquello que nos degenera por completo. Sin duda, nuestra mayor perversión actual se sustenta en la universalidad de esta deformación que nos destruye, lo que nos invita a un cambio interior más auténtico y donante.

 

Indudablemente, si no peleas por dar fin a este estado de podredumbre, acabaremos todos formando parte de él, lo que nos requiere moldear la integridad del mañana, que comienza con las decisiones que tomemos hoy. Será bueno, por consiguiente, que nos reencontremos para lograr enaltecer la voz con valentía. Un buen referente puede ser la escena de la creación de Adán pintado por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, donde el dedo del Padre glorioso roza el dedo del hombre; así también, entre nosotros, lo humano y lo etéreo ha de sentirse para hallarse y descubrirse. Quizás entonces no concentraríamos el esfuerzo en la posesión y aún menos en el dominio. Al fin y al cabo, lo trascendente radica en encender la gran estrella del amor y  en dejar que reluzca en el camino.

 

Lo complicado es andar perdido y no reconocerse. Cuando el propio corazón no se considera a sí mismo, tampoco se estima nada. Es el momento de la llamada interior, de la preparación a un examen sincero sobre nuestros ritmos. Reforcemos los estándares éticos en toda la sociedad. Quitemos muros y facilitemos espacios comunes, que sirvan para ofrecer calor de hogar. No hay mejor paz que la que uno mismo difunde e infunde a golpe de pulso, como fruto de la compasión vivida y de la amorosa pasión injertada.

 

Se trata de un auténtico amor desinteresado, que se expresa en el amor fraterno que evita los litigios, no juzga y perdona, porque lo sustancial es conjugar el inmaculado ardor entre sí, comenzando por quererse uno a sí mismo para luego amar a los demás. Por eso, es vital que en cada amanecer tengamos una conversión, que nos lleve a desmantelar el aluvión de tormentos que nos atormentan, a frenar los flujos financieros ilícitos, garantizando que los recursos públicos se gestionan de forma transparente. Así, cuando los gobiernos actúan con rectitud, también uno se mueve bajo estos parámetros, haciendo que la confianza sea un hecho real. De lo contrario, resulta difícil restaurarse con el choque de beneficios terrenales, ya que el egoísta únicamente se ama a sí mismo sin rivales.

 

Por desgracia, siempre se repite la misma historia, la del enfrentamiento entre semejantes, con la dificultad manifiesta de hacer genealogía, propagando un estado salvaje e inhumano, en el que tantas veces se hace realidad el dicho de que el hombre es un lobo para el hombre. Precisamente, ahora que estamos en un período de acogida, despertemos de todo este letargo y salgamos de este espíritu putrefacto que nos separa, engañados por historias que nos llevan a los callejones sin salida del consumismo. Es menester cuestionarse, buscar y rebuscar el verdadero amor, que no es otro que aquel que colma de significado y alegría la vida. Sea como fuere, estamos en un soplo de espera e ilusión, de reflexión y de transformación. Prepararse para ello, es la luz, que espigará en fraterna filiación.