La guerra fría de Ucrania

Editorial
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Rusia y la OTAN viven, en torno a Ucrania, una experiencia de guerra fría. En lugar de misiles, van y vienen declaraciones, movimientos de tropas con calculado aire amenazante, silencios sospechosos, advertencias de disuasión sobre eventuales consecuencias devastadoras de cualquier movimiento equivocado, llamados a la cordura y proclamas más o menos hipócritas en favor de la paz.


Eso, precisamente como en guerra fría, mantiene vivas la preocupación y el miedo de las partes, y afecta el ánimo de quienes ven desde lejos el proceso de una confrontación que a lo mejor jamás se va a dar.

La crisis proviene de la extraordinaria significación geográfica y política de Ucrania, que resalta las definiciones de neutralidad o alineamiento que el país ha tomado desde la disolución de la Unión Soviética, de la cual formaba parte, y específicamente en torno a su cercanía a Rusia o a la Unión Europea del Siglo XXI. 

En referendo de 1991, más del 90% de los ciudadanos decidió la independencia de Ucrania e impidió que se cumpliera el sueño ruso de la unión bajo una forma que reemplazara al modelo soviético. El país se convirtió entonces en presa codiciada de Occidente, que insiste en vincularlo a su campo, con la ayuda de sectores internos pro europeos, protagonistas de una disputa que no se ha saldado.    

Ucrania, que al principio de su nueva etapa se declaró neutral, supo mantener adecuado equilibrio en materia estratégica y militar, representado en acuerdos de entendimiento con Rusia y con la OTAN. Al mismo tiempo se produjeron acercamientos con la Unión Europea, con la constante presencia de contraofertas rusas a las ventajas que podía ofrecer la Europa comunitaria. Hasta que, en noviembre de 2013, Viktor Yanukovych decidió fortalecer los lazos económicos con los rusos y se rehusó a suscribir un acuerdo de asociación con la Unión Europea. A partir de entonces, y en medio de la búsqueda de un modelo político y económico que reemplace adecuadamente las experiencia comunista, se desató un proceso que no ha terminado y cuyas premisas, en términos de hoy, son las que sostienen ese estado de confrontación al que se encuentran vinculados actores externos y que amenaza la estabilidad del país y la paz internacional.

La protesta en contra de la decisión pro rusa de Yanukovych generó la “Revolución de la dignidad”, que no solamente dio al traste con su gobierno, al impulso de sectores ucranianos pro Europa, sino que produjo la intervención de Rusia en regiones rusoparlantes para dar nacimiento a “proto estados” artificiales como Donetsk y Luhansk. 

Pero Rusia no ha sido, de ninguna manera, la única potencia extranjera que ha tomado parte en el proceso ucraniano. Ahí han estado presentes y entrometidos no solamente la Unión Europea sino los Estados Unidos y otros de sus aliados, que han intervenido mucho más allá de la acción diplomática y han patrocinado de su parte, en oposición a los rusos, campañas en favor de la vinculación de Ucrania al bloque occidental, y apoyado a movimientos y personas de manera abierta, a través de fundaciones y todo tipo de mecanismos propagandísticos orientados a contrarrestar la acción del campo contrario. 

Nos hemos sido nosotros quienes fuimos hasta la frontera de los Estados Unidos o la Gran Bretaña, dijo el presidente Putin para justificar las medidas de movilización militar que hacen temer por una invasión rusa de Ucrania como medio para resolver las cosas en favor de un país sometido militarmente al control de Moscú. 

Ahí está montado el espectáculo de una confrontación con espías otra vez en plena acción, conjeturas privadas y públicas, manipulación informativa y razones orquestadas de parte y parte para justificar el desplazamiento de armas que produce un efecto multiplicador a lado y lado de las fronteras ucranianas hacia los diferentes campos que participan en el concurso desordenado por quedarse con el premio de la preferencia de un país clave en un rincón del mundo de alta significación, por cuyos afectos las partes parecerían dispuestas a darlo todo. No otra cosa representan las exigencias de Putin en el sentido de que la OTAN abandone toda actividad militar en Europa del Este y no reciba jamás a Ucrania como miembro de la organización. 

La prepotencia parece ser el común denominador de las aproximaciones que se anuncian para comienzos de 2022. Para ello están programados encuentros, uno por uno, de Rusia con los interesados en el asunto, cada quien, adornado con declaraciones sobre su mejor momento y su invencibilidad, además de la descalificación de la contraparte. 

Así que, a partir de enero, si no se presenta una explosión prematura, el proceso será asumido con “gran preocupación” por las partes, con el telón de fondo de la amenaza de un conflicto armado. Y seguramente las conversaciones terminarán en acuerdos, más o menos sustanciales, respecto de temas que por ahora cada lado califica como “inaceptables”. Vuelve y juega: en medio de todo subsiste el temor de que de pronto pase lo peor, que es el denominador común en estos casos. Si no existiera ese temor, no se podría hablar de guerra fría.



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